lunes, 6 de febrero de 2017

Los viajes de Gulliver – Jonathan Swift

Un editor pirata sediento de ventas había estampado la imagen de un gigante rodeado de seres humanos diminutos en una portada. Llamó este dibujo mi colegial atención y mi natural propensión adolescente de querer escapar de la realidad. Lo compré con la plata que ahorre del mal llamado “taxicholo”. El librito prometía un viaje a países desconocidos, conocer pueblos de costumbres extrañas y seres fantásticos que solo existían en los sueños de los locos. Nada más recomendable para un jovenzuelo que andaba imaginando mundos inexistentes y situaciones que nunca se darían por romper todas las reglas de la normalidad.

“Los viajes de Gulliver” es, y seguirá siendo por muchos siglos, no solo uno de los libros más pirateados, sino una de aquellas novelas que desenmascaran políticamente a la humanidad, exponiendo su verdadera faz, como el retrato de Dorian Gray, oculto de la vista de todos tras un rostro bello y sin corrupción que esconde sus más abyectas verdades. No hay libro que muestre, de una forma tan genial, cuáles son los vicios en los que cae nuestra especie a pesar de ser los únicos con capacidad de raciocinio en el globo. El autor lo logra satirizando las novelas de viajeros y la política de la Gran Bretaña de los siglos XVII y XVIII. Había descubierto pues, gracias a este vendedor de suelo, mi primer gran clásico de la literatura universal.

Cuando lo leí por primera vez tenía catorce inocentes años, lo recuerdo porque ese fue el año de los Defoe y de los Stevenson, y de sus Robinson y de sus Long John Silver. Pero aquel año aventurero empezó gracias a Jonathan Swift, un clérigo poco convencional, criticón y panfletario, que sin imaginarlo, añadiría sustantivos y adjetivos a las distintas lenguas en las que han traducido sus obras. Para citar sólo dos ejemplos, se le culpa directamente de crear el nombre Vanessa, inventado con partes del nombre de una joven con la que se le involucró sentimentalmente; liliputiense es otro de sus amargos engendros, usado para designar a personas de baja estatura o talla, pero no necesariamente de bajos espíritus.

La obra dividida en cuatro partes narra las travesías en las que se ve involucrado el protagonista, Lemuel Gulliver, un médico que aburrido de su vida decide buscar fortuna como hombre de mar. En sus travesías conocerá países que le harán entender la naturaleza humana, con sus miserias y virtudes, concluyendo que no somos más que bestias a las que se les ha dotado de un mínimo de razón, y que la aplicamos para acrecentar malignos defectos afines a toda nuestra especie. Dado que sus desventuras aumentan con cada nuevo navío que aborda, y gracias al aprendizaje que va adquiriendo, pareciera que el autor nos quiere mostrar el desarrollo de la humanidad y el devenir pesimista que le atribuye.

Sea en una tierra de enanos, en una de gigantes, en una isla voladora, en una ciudad de inmortales, o de personajes históricos que vuelven a la vida, Gulliver no deja de defender irónicamente a su amado país, al cual anhela siempre regresar. Es solo cuando conoce a los Houyhnhnms, una raza de caballos que viven en sociedad y que desconocen el significado de nuestros incontables vicios, que el protagonista termina por desilusionarse de su propia especie. En aquel extraño país los humanos reciben el nombre de yahoos. Estos son seres despreciables que viven en cautiverio dada su extrema violencia y degeneración. Entre sus principales defectos se cuentan el homicidio, la arrogancia, la megalomanía, el gusto excesivo por las piedras preciosas, y por último su desagradable pestilencia. Swift nos deja una penosa interrogante, y nos hace cuestionar a nuestros gobernantes, nuestras instituciones, nuestro modo de vida y nuestra moral a partir de estos horrendos yahoos. Es pues un texto universal aplicable a todos los periodos de la historia.

Si bien algunas partes de este libro son utilizadas para introducir a los niños en la lectura, su significado va más allá. Es una obra que navega entre la fantasía, la política y la filosofía, y es en estos oficios en los que debemos valorarla. Su dimensión expande su influencia en lectores de todas las edades y condiciones y muchos de nosotros empezamos a amar la literatura con novelas cómo esta. Léanla, la encuentran en pdf como deberían estar los libros que todos deberíamos leer aunque sea una vez en nuestra vida, tan fugaz como el pasar de una página y tan insignificante como un individuo en una multitud.


jueves, 19 de enero de 2017

Tres sentencias para la historia

Dice la teoría que el Derecho bebe de diversas fuentes, entre ellas la legislación, la doctrina, los actos jurídicos, la costumbre y la jurisprudencia. A riesgo de omitir alguna, y dejando abierta la posibilidad de recibir expresiones de sutil agravio de mis amigos abogados, estas serían las más importantes, y a partir de las cuales, como en un espiral interminable, recaen las interpretaciones de los juristas y legisladores, quienes, atendiendo a las necesidades que se van gestando en la sociedad, van modificando, derogando o añadiendo normas al ya abultado corpus jurídico que hace posible la convivencia social de nuestra especie. La justicia es su bien máximo, sus códigos el camino. Pero este es el primer capítulo de la gran novela que nunca termina de escribirse.

Emanen nuestras normas del Congreso, del Tribunal Constitucional, de los organismos públicos, de los municipios o del Ejecutivo, se supone que deben responder a determinados principios. Esto quiere decir, que si eres corrupto, a la cárcel irás; que si abusas de tus trabajadores, una multa pagarás; que si no cumples un contrato, una penalidad sufrirás. Por tanto, para cada falta o delito, hay una sanción o pena dependiendo de criterios de razonabildad, proporcionalidad y un largo sinfín de etcéteras. Sin embargo una pregunta cae por su propio peso: ¿quién debería determinar que, por ejemplo, maltratar a un animal corresponde delito?,  ¿un padre de la patria?, ¿Pare de Sufrir?, no señores, quien debe marcar la pauta es la sociedad civil, muchas veces no representada en ningún escaño pero si en la Sociedad Protectora de Animales, y las leyes no deben ser otra cosa que la consecuencia normativa orientada a atender las necesidades reales de esta, como también de los mecanismos de control que nunca deben faltar para alcanzar la pax social.

¿Pero qué pasa cuando un “administrado” no está de acuerdo con las normas que lo rigen?, pues este tiene todo el derecho de sustentar su disconformidad; por otro lado, ¿qué sucede cuando una autoridad o ex autoridad se mantiene impune?, pues los “administrados” podemos irnos a los tribunales, internacionales si es necesario en búsqueda de la felicidad, perdón, de la justicia; y por último, ¿qué sucede cuando un grupo de poder abusa de este para seguir haciendo de las suyas?, pues los “administrados” debemos preparar una mejor defensa, para la próxima. Los ejemplos dados no son más que el resumen de tres fallos que sin duda alguna serán materia de análisis no solo de abogados, el tema da para más, aquí lo haremos desde el punto de vista no de la historia, no pretendo ser tan pretencioso, sino de un solo historiador, parcializado si quieren, lenguaraz si gustan, que solo quiere resaltar la importancia de la jurisprudencia para la transformación del status quo.

Se trata de tres sentencias dadas en esta coyuntura. La primera versa sobre el reclamo de un ciudadano peruano de sexo masculino casado en México, para que su matrimonio sea reconocido por la RENIEC, con el menudo detalle de que se casó (horror) con otro hombre. Un juzgado, es decir, en primera instancia, le ha dicho que puede besar a su novio, y que la institución que emite los DNI debe reconocerle su legítimo derecho a cambiar su estado civil, de solterón maduro, a felizmente casado con el hombre que ama. La RENIEC, que se debe al Estado (el mismo que no termina de ser medio laico y medio religioso), tiene las manos atadas y debe apelar debido a que nuestra legislación no concibe la unión matrimonial entre dos espadachines. 1984 no solo es el título de una gran distopia, también es el año en el que aparece el Código Civil, es decir, este vejestorio va camino a cumplir 33 años (como yo), justamente los que tuvo Jesucristo cuando murió por ser un revolucionario, ¿no me creen?, lean los evangelios. Caso contrario a nuestro viejo codex, que aún vive en el oscurantismo de espaldas a una realidad a todas luces evidente e innegable, que el amor, y por qué no, el interés en conservar o heredar bienes, no solo se da entre la Tiffani y el Brayan, sino también entre dos intelectuales que lo único que desean es ser ciudadanos que ejerzan todas sus prerrogativas como personas comunes y silvestres que son, indistintamente de quién sea su pareja en la cama o los libros o programas de la TV basura que consumen. Si todos somos ciudadanos no deberíamos sufrir discriminacion alguna. La lucha de esta comunidad, la LGTBI, es tan legítima como lo fue, y lo sigue siendo, la de las mujeres por la igualdad, ¿no lo creen?, pregúntenles a sus abuelas cómo fue su vida y en qué año empezaron a votar, mientras les prepara su lonche, fieles a su vieja tradición.

La segunda debería causar pena e indignación, ¿cómo es posible que un expresidente sea sentenciado por delitos de lesa humanidad?, perdón, un segundo, ¿estamos hablando de Alberto Fujimori?, la respuesta es no. Se trata nada más y nada menos que de Francisco Morales Bermúdez, el derrocador de Juan “el chino” Velasco Alvarado Damián, Satanás o simplemente “el enemigo de la oligarquía opresora de las mayorías. Cuenta la leyenda que siendo su Ministro lo traicionó, y tal fue la afrenta, que la familia no dejo que “Pancho” asistiera al funeral del también denominado “General del pueblo”. Pues resulta que ahora Italia juzga a nuestros ex gobernantes de facto condenándolos a cadena perpetua, en una sentencia histórica en el marco de las investigaciones del llamado “Plan Cóndor”, un plan urdido para erradicar, entiéndase exterminar, opositores políticos e ideológicos durante el periodo de las dictaduras militares latinoamericanas, y del cual Morales Bermúdez habría participado con otros dictadores de nuestra región, otrora “patio trasero” de los Estados Unidos y de la CIA. Es curioso cómo esta y otras situaciones reflejan la decadencia moral de nuestra clase militar y política (con estimables excepciones), con un expresidente preso y los demás a un paso de ser investigados por casos de escandalosa corrupcion. A este paso nos quedaremos acéfalos porque todas nuestras cabezas rodaran por el fango de la vergüenza, dejando a la bestia a la deriva, sin sus ojos, aplastando todo lo que se atraviese en su camino.

La tercera sentencia importante es la de un supuesto caso de abuso sexual, físico y psicológico perpetrado por el Sodalicio, congregación católica que echó raíces en el Perú durante muchos años y que tuvo a su cargo a niños y jóvenes que habrían sido sus víctimas. Sucede que los principales investigados han salido limpios de “polvo y paja” (no sean mal pensados), debido a que los supuestos agraviados no se habrían acercado a denunciar a sus abusadores, y además, así hubiesen ido a firmar el preludio de una supuesta condena, los delitos habrían prescrito porque datarían de hace más de cuarenta años. Los abusivos y sus maldades pues, tienen fecha de caducidad en nuestro país sin importar la gravedad del delito cometido. Un Padre Nuestro y diez Aves Marías para penitenciar las almas de estos pobres chicos, ahora ya cincuentones, que tuvieron la valentía de narrar su escalofriante historia a dos escritores y que cuando las papas quemaron no se atrevieron a sepultar, de ser ciertas las acusaciones, a los monstruos que abusan de niños indefensos. “Mitad monjes, mitad soldados” es el libro escrito por Pedro Salinas y Paola Ugaz que recoge los testimonios de las supuestas víctimas de esos años de terror y perversion que se suscitaron bajo la mirada de un santo crucifijo. Me pregunto, ¿por qué no hay denunciantes?, y me respondo que se debe al temor al escándalo, ellos se dirán a si mismos, que ya tengo una familia, qué van a decir mis hijos, qué va a decir mi mujer. Una vez más caemos en el laberinto de la desidia, cavando el propio hoyo, donde podrían caer, Dios ni un Cardenal lo quieran, sus amados hijos, y tengan que pasar por lo que ellos quieren dejar en el olvido. Yo solo añadiré algo: “No te metas con mis hijos” (bueno, cuándo los tenga).

Tres sentencias que serán recordadas en el futuro, y que serán parte de aquel aprendizaje eterno, inconmensurable y necesario para nuestra evolución como sociedad. La primera podría sentar jurisprudencia y por ende el nacimiento de un gran precedente para un porcentaje importante de la población que lo único que desea es ejercer su ciudadanía plena; la segunda brinda luces al final de un largo túnel, al condenar a un ex gobernante por incurrir en graves delitos en ejercicio de su autoridad, así haya sido de facto, la enseñanza es como versa el refrán leguleyo: la justicia tarda pero llega; y la tercera nos recuerda que aún somos un país cucufato y temeroso de las instituciones tutelares, que la Iglesia tiene mucho poder, y que la impunidad aún campea a sus anchas como el Cid y su Babieca. El Derecho produjo estos documentos y la Historia los custodia para la posteridad. Algún día lejano alguien escribirá el desenlace de estas inacabadas relatas. Mientras dejemos que nuestros amigos abogados y legisladores continúen en su lid, desde su propia esquina, y los historiadores, desde la nuestra, al acecho de capturar sus apasionantes y a veces polémicas conclusiones, para usarlas como fuentes de nuestras propias y también a veces aberrantes reflexiones. Archívense definitivamente estos autos y devuélvanse a su juzgado de origen.



lunes, 26 de diciembre de 2016

La historia de Siddharta – Hermann Hesse

Acabada la I Guerra Mundial, Hermann Hesse escribe “La historia de Siddharta”, obra que narra el camino que transita el protagonista hacia la comprensión absoluta del yo y de la naturaleza de las cosas. Durante toda su vida, Siddharta ha buscado la perfección a través del conocimiento. Siendo joven abandona la casa paterna y se vuelve un samana, una suerte de santo mendicante que hasta hoy existen en La India. En sus viajes conoce al Buda histórico, por ello los acontecimientos se ubican alrededor de los siglos V o IV antes de Cristo.

Todos los personajes representan un aspecto de nuestra existencia: la sensualidad, el placer, la riqueza, la espiritualidad y la fidelidad. Y son justamente los estadios por los qué pasa nuestro protagonista, de ser samana se vuelve un rico comerciante, acostumbrado a los lujos, al juego y a la bebida, pero en ese proceso se da cuenta que ha abandonado su verdadero objetivo. Hesse, quien posteriormente ganaría un Premio Nobel, concibe la obra después de su viaje a La India, y a través de ella nos acerca a la religiosidad budista que no le era del todo ajena. Todas sus páginas están compuestas de reflexiones que fueron parte de la experiencia vital del autor, quien a través de Siddharta nos muestra que la vida y las decisiones marcan no solo el destino sino también el legado de los hombres.

Con el paso de las décadas Siddharta pasa de ser un joven rebelde a un anciano honorable que alcanzó la santidad a partir de la contemplación del río de la vida. El libro es corto en extensión pero enseña, principalmente a la juventud, que su espíritu cuestionador es lo que finalmente los hará libres. El autoconocimiento, la paciencia y hasta las experiencias mundanas son parte de ese camino difícil pero gratificante de una senectud apacible, donde la sonrisa eterna y el saber escuchar es la manifestación de un alma que ha encontrado la paz.


Un buen libro para leer en diciembre.


martes, 20 de diciembre de 2016

Redención. Una trilogía de Alonso Cueto

La hora azul (2005). Narra la historia de Adrian Ormache, un exitoso abogado que descubre las atrocidades que su padre cometió mientras era militar en Huanta, en épocas del terrorismo. Miriam, una de las víctimas de su padre, vive en San Juan de Lurigancho, y este decide ir a su encuentro. Es a partir de aquí que gracias a los protagonistas se van revelando los abusos, traumas, recuerdos e idiosincracia de los distintos grupos que conforman el país. La novela tiene el mérito de poner a la sociedad ante un espejo en el que puede mirarse idéntica, con sus defectos, prejuicios y olvidos voluntarios. Una historia sociológica que merece mayor difusión. Existe una película homónima, que a pesar de su enfoque más personalista, está a la altura del texto original y del mensaje que se quiere transmitir.

La pasajera (2015). Realismo, brevedad y suspenso, una receta justa para esta novela corta y trepidante. Arturo es un ex oficial que obedeciendo las órdenes de su Coronel envió a su tropa a violar a Delia, una mujer a la que se le atribuyeron nexos con los grupos terroristas ayacuchanos a fines del siglo pasado. Este acto lo persigue y años después, ya como taxista, esta sube a su vehículo y Arturo, presa de la culpa, intenta acercarse a ella buscando un improbable perdón. Poco a poco una serie de sucesos hacen manifiesta esa ruptura psicológica y social entre las victimas y victimarios de aquel infeliz periodo de nuestra historia. A partir de su lectura experimentamos una catarsis ajena y somos testigos de las crueles heridas que hasta hoy no cicatrizan. “Magallanes”, la laureada película, basa su argumento principal en esta novela.

La viajera del viento (2016). Arrepentimiento, resignación y esperanza son las palabras con las que se puede resumir esta última entrega. Si en la primera resaltó la búsqueda de un pasado que todos quieren olvidar; en la segunda la venganza de los culpables; en esta Cueto nos dice que existe una suerte de penitencia social. Después de que sus compañeros militares torturan, violan y asesinan a campesinos inocentes, Ángel, a quien también se le podría considerar una víctima de las circunstancias, es obligado a deshacerse de varios cuerpos. Grande es su sorpresa cuando descubre que entre los cadáveres hay una mujer viva que le implora por sus hijos. Este, ebrio y asustado, solo atina a dispararle creyendo que la había matado. Años después, dedicándose a vendedor descubre que ella había sobrevivido. El protagonista pasa por la cárcel donde expía sus culpas y se reencuentra consigo mismo. Un excelente colofón de las tres historias.

Cueto, con su trilogía “Redención”, trae a nuestras manos aquella época que ahora muchos quieren olvidar. Su lectura es un ejercicio de memoria, un recordatorio de que nuestra sociedad aún está enferma y cuyas cicatrices aún no sanan del todo. Sin embargo no todo es pesimismo, sus personajes se encuentran en una constante búsqueda por conseguir el perdón en una realidad que se las niega dados sus inenarrables crímenes o por el simple hecho de su precaria condición social en el caso de las victimas. Los tres libros comparten esta característica pero con desenlaces y recursos diferentes. Son novelas grisáceas, donde la alegría es casi nula, que enfocándose en el pasado nos permiten reconocer nuestro presente y poder aspirar a un futuro en el que podamos mirarnos de frente, pero con las culpas pagadas. Sin duda serán clásicos que servirán de referente a las futuras generaciones como testimonios literarios del brutal periodo del terrorismo en el Perú.


domingo, 11 de diciembre de 2016

El nombre de la rosa. Libro y película

“Ya al final de mi vida de pecador, mientras, canoso y decrépito como el mundo, espero el momento de perderme en el abismo sin fondo de la divinidad desierta y silenciosa, participando así de la luz inefable de las inteligencias angélicas, en esta celda del querido monasterio de Melk, donde aún me retiene mi cuerpo pesado y enfermo, me dispongo a dejar constancia sobre este pergamino de los hechos asombrosos y terribles que me fue dado presenciar en mi juventud, repitiendo verbatim cuanto vi y oí, y sin aventurar interpretación alguna, para dejar, en cierto modo, a los que vengan después (si es que antes no llega el Anticristo) signos de signos, sobre los que pueda ejercerse la plegaria del desciframiento.”

Hay libros memorables, libros que todo amante de la lectura debería tener en su biblioteca, uno de ellos es “El nombre de la rosa”, del sabio italiano Umberto Eco. El autor, literalmente, nos mete en la cabeza de Adso de Melk, un monje medieval que, en el otoño de su existencia, decide narrar los acontecimientos que décadas atrás vivió junto a Guillermo de Baskerville, un monje franciscano que se caracteriza por el uso de la lógica, bibliofilia y amor por la ciencia. La historia empieza con la llegada de estos a la abadía en la que ha ocurrido la misteriosa muerte de un monje y a pocos días de la llegada de una delegación papal y de representantes de la orden franciscana para discutir sobre la pertinencia de que la Iglesia Católica posea sus ingentes riquezas.

El relato si bien es ficticio reposa sobre un trasfondo histórico. Estamos en el siglo XIV, Ludovico se había elevado como Emperador y el papado se había trasladado a Aviñon dada la corrupción en la que dormía Roma. El papa Juan XXII había excomulgado a Ludovico y este a su vez lo declaró herético. Poco tiempo antes se había producido el denominado “capítulo de Perusa”, donde los franciscanos liderados por Michele da Cesena habían proclamado la pobreza de Cristo y por ende debía hacerse extensiva a toda la estructura de la Iglesia. Evidentemente el papa condenó estas afirmaciones, y Ludovico aprovechó para hacerse del favor de los franciscanos, ahora convertidos en enemigos del representante de Cristo en la tierra y de su excesiva opulencia.

Muy a pesar de esto la novela no puede considerarse histórica dado que los personajes principales y la trama central son creaciones del autor. Es así que a la muerte del primer monje le siguen otras que tanto Guillermo como Adso investigan desde la perspectiva racionalista, intentando alejarse de las supuestas asociaciones demoníacas que algunos creen reconocer citando el libro del Apocalipsis y que estarían anunciando el fin de los tiempos del hombre. Todas las pistas apuntan a que los crímenes tienen que ver con un secreto que se resguarda en la biblioteca, edificio que además de inexpugnable, resulta ser un verdadero laberinto al que solo tienen acceso el bibliotecario y su ayudante. Las cosas se complican cuando llegan las delegaciones y entre ellas Bernardo Gui, inquisidor de la orden dominica, que realiza un juicio por supuestas prácticas de brujería y herejía descubiertas en el interior del recinto.

El libro, al igual que la película, logran hacernos respirar el espíritu de la época o “zeitgeist” como lo llamarían los alemanes, ya que los diálogos y confrontaciones de los personajes cumplen una clara función pedagógica, al introducirnos en sus debates filosóficos, religiosos y morales. Asimismo, alejándose de la idealización de la Edad Media que ahora se ha puesto de moda en algunos círculos intelectuales, nos muestran la degradación, el abuso y los pecados en los que caemos todos los hombres, independientemente del siglo en el que habitemos, y esto adquiere mayor valor puesto que Jacques Le Goff, una eminencia de los estudios medievales, asesoró a los productores de la película en asuntos históricos. Tanto la novela como la película cumplen su rol, la primera para los que disfrutamos del placer de la lectura y la segunda para los que gustamos de ver en carne y hueso a sus personajes.

El nombre de la rosa es pues una joya literaria contemporánea, de lectura obligatoria para los amantes de las historias “policiales”, de intrigas religiosas y en general de la Edad Media y de sus extremas condiciones de vida, tanto monásticas como fuera de sus muros. En medio de asesinatos, trueques de sexo por comida con campesinas pobres, suciedad, fanatismos religiosos, monjes homosexuales, bibliotecas laberínticas, lenguas inexistentes y libros perdidos del estagirita, Umberto Eco nos hace partícipes de una novela impía, fascinante y en extremo recomendable. Del uno al diez, diez. A leer.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Tres novelas de Umberto Eco

Cursaba, si mal no recuerdo, el primer año de la Universidad, cuando mi animada profesora nos recomendó un libro: “Cómo se hace una tesis”. El autor me era un completo desconocido, se llamaba Umberto Eco y por las pocas páginas que pude ojear escribía de una forma abrumadoramente aburrida dado el corte metodológico del texto. Tiempo después decidí indagar sobre él y grande fue mi sorpresa cuando descubrí que se trataba de un reconocido académico de talla internacional. Hoy cuento con una colección de sus libros y he disfrutado leyendo varios de ellos. Uno a uno me fueron trasladando al medievo, a las Cruzadas, a sectas religiosas y a cultos iniciáticos. Me parece hasta irresponsable no difundir su lectura, por ello recomendaré tres de sus novelas que tienen en común la historia, la intriga y la erudición. Espero convencerlos.

Baudolino. La maravillosa historia de un campesino piamontés adoptado por Federico Barbarroja. En pleno siglo XIII, tiempo de Cruzadas y de propagación de mitos y reliquias religiosas, Baudolino narra sus fantásticas aventuras. Entre el sitio de Alejandría, la toma de Constantinopla, la búsqueda del Santo Grial y el viaje a las legendarias tierras del Preste Juan, aparecen personajes del bestiario medieval. En su relato toman vida esciápodos, sátiros, panocios y blemias así como personajes que existieron en la realidad. Baudolino dice ser un gran mentiroso pero aun así le creo, porque todos podemos crear nuestra propia historia. Literatura confundida con un gran tratado del mundo medieval, una obra maestra del también piamontés escritor.

El péndulo de Foucalt. Uno de los pocos libros que han engendrado otros para poder entenderlo. Eco hace aquí una crítica del esoterismo. Es el relato de Casaubon, quien a partir de un proyecto editorial se ve inmerso en una red de intrigas, violencia y ritos de índole esotérica. El libro está plagado de referencias ocultistas, científicas, templarias, hebreas, de folclore, y de filosofía, principalmente de la llamada hermética. No es un libro fácil de digerir pero el final compensa su pesadez. Si crees que últimamente estás leyendo textos muy light, este es el tuyo, ya que te hará pensar, investigar y googlear para seguirle el paso al protagonista y a sus intensas deducciones lógicas. Un libro “enciclopédico” en todo el sentido de la palabra.

El nombre de la rosa. Obra cumbre del autor, una joya que debe conservarse para la posteridad en una impenetrable biblioteca, lejos de los ojos infieles. Un relato policial, histórico, deductivo y que produce en el lector la sensación de haber viajado en el tiempo. El escenario es una abadía en el norte de la Italia medieval donde suceden una serie de asesinatos en torno a un libro resguardado en lo más profundo de una laberíntica biblioteca benedictina. El protagonista se llama Adso, quien junto a su maestro Guillermo de Baskerville, un antiguo inquisidor, descubren los secretos que se esconden tras las paredes de aquel hervidero de hombres dedicados al estudio y a la oración, donde no faltan los pecadores. En sus páginas se desenmascaran costumbres de los monjes que distan mucho de la santidad, las batallas entre el emperador y el poder papal, y entre las distintas formas de interpretar las santas escrituras que tenían los franciscanos y su brazo herético fraticelli. Hay demasiado por decir sobre este libro y será motivo de otro post, pero por favor léanlo, no se queden con la película.

Disfruten de los apasionantes mundos creados por la genialidad de esta pluma, pocas veces tenemos la oportunidad de leer autores tan completos como Umberto Eco, un verdadero maestro e intelectual de lujo que en paz descanse, estoy seguro, en un paraíso que nosotros sus seguidores imaginamos para él.


sábado, 3 de diciembre de 2016

El Marginal, otra gran producción argentina

¿Se imaginan al director de un penal agarrándose a trompadas con el “taita” en su propia oficina?, ¿a estos dos saliendo a pasear en el auto del primero?, ¿y a aquel manteniendo secuestrada en el penal a la hija de un poderoso juez? Todo esto se ve en una nueva serie de Netflix que nos introduce en San Onofre, una prisión argentina donde estas y otras cosas iguales o peores de escandalosas suceden a vista, paciencia y con complicidad del corrupto sistema penitenciario que nada tiene que envidiar al de nuestro triste país.

La historia es una suerte de drama policial. El protagonista es Miguel Palacios (o Pastor Peña), un ex policía encubierto que es infiltrado contra su voluntad en esta carcel maldita. Su misión es investigar el paradero de la joven hija del juez Lunati, secuestrada porque este se quedo con un botín producto del narcotrafico. El penal es dominado por la banda de los Borges, con Mario a la cabeza y Juan Pablo “Diosito” Borges, su psicopata hermano menor, como su lugarteniente, quienes son los autores del secuestro y que mantienen, con la anuencia del mismísimo director, a la niña cautiva dentro del penal.

Casi toda la trama transcurre en el patio, el cual es el hogar de los desarrapados, que son comandados por la pandilla llamada Sub 21; en el otro bando está el pabellón dominado por los Borges, donde sus secuaces gozan de todas las comodidades; y por encima, como un “Gran Hermano”, Antín, el corrupto, vigilante y maquiavélico director, cuyas aspiraciones políticas lo llevan a tranzar con los internos a fin de mantener la paz dentro del recinto y a prostituir a su asistente para evitar fiscalizaciones a su infame gestión. Este Antín representa al burócrata mafioso, prepotente, corrupto e inmoral. Un personaje, aunque no parezca, más común de lo que creemos pero que no deja de sorprender dado su cínico proceder y los muchos de su especie habitando nuestras instituciones públicas.

Si gozan del privilegio de tener un alma pura no la vean. Hay lenguaje vulgar, escenas de sexo orgiástico hetero y homosexual, asesinatos, torturas, mutilaciones y violaciones en baños pestilentes. La esperanza solo aparece por momentos. Como en todo encierro, se anhela la libertad pero también el poder, y su búsqueda puede llevar a la muerte. La tragedia es el oxígeno de los presos, la droga su catalizador más efectivo. Una serie para no ver en familia y que promete una segunda temporada a la altura de su emocionante y trágico final, donde hasta un nombre santo puede ser víctima de una muerte horrenda a manos de su ser más amado.





viernes, 14 de octubre de 2016

“La hora azul” de Alonso Cueto: libro vs. película

El fantasma del terrorismo se pasea entre nosotros. Habita en los recuerdos, en los traumas de los abusados y en las tumbas de sus víctimas. Sus cantos aún resuenan en los penales y se erigen mausoleos en honor de sus supuestos mártires. Sus remanentes armados, aliados del narcotráfico, se esconden en la selva, y su brazo democrático busca una inscripción como partido político. Se nos repite sin cesar su endemoniado actuar, y se planifican campañas en todos los canales de señal abierta recordándonos sus horrores.

Pero nadie habla del actuar de algunos malos elementos militares que cayeron en la tentación de ejercer su autoridad para llevar a cabo delitos que en muchos casos quedaron impunes. No es el caso de Alonso Cueto, reconocido escritor peruano de larga trayectoria que a través de sus ficciones nos acerca a las consecuencias de este convulso periodo de nuestra historia reciente. “La hora azul”, su novela más exitosa, publicada originalmente en el año 2005, ha sido llevada al cine por Evelyne Pegot-Ogie, entregando a los lectores la oportunidad de ver personificados a los protagonistas de la obra impresa.

Sin embargo, existe la odiosa manía de la comparación. Y es que en esta ocasión se hace necesaria, dado que ambas son historias diferentes tituladas de la misma manera. Quizá un lector o espectador pasivo diría que el guión cinematográfico es bastante cercano a las 265 páginas del libro, exceptuando algunas escenas que podrían parecer irrelevantes, pero la realidad es que precisamente en aquellas omisiones radican sus principales diferencias. Sin desmerecer el producto de la cineasta, que por cierto está bastante bien logrado, su película narra una historia personal, y la novela, una colectiva.

Sin ánimos de spoiler, solo voy a detallar en qué radica esta opinión. En primer lugar ambas tienen como personaje principal a Adrián Ormache, un exitoso abogado cuya apacible vida está enfocada en su estudio y familia, de hecho es un hombre feliz hasta que sobreviene la muerte de su madre, entre cuyas cosas encuentra evidencia de que su padre cometió secuestros, violaciones y matanzas durante su estadía en Ayacucho en épocas del terrorismo. En segundo lugar está Miriam, una mujer violada por el padre de este durante un año, periodo en el que su victimario se enamoró de ella y la mantuvo cautiva para satisfacer sus bajos instintos carnales, de los que escapó huyendo de una muerte segura.

Y es por estos dos que saltan a la vista aquellos elementos que hacen distintos estos productos artísticos. La novela, de manera simbólica, trata del encuentro de aquella Lima que está de espaldas a la realidad del país y que al chocarse con ella, experimenta lo que algunos llaman asimilación e identificación. Adrián Ormache, al decidir buscar a Miriam y pedirle perdón para que no le diga a nadie lo qué pasó en Ayacucho, encuentra un sendero que lo aleja de sus acostumbradas convenciones sociales, al punto de mirar con desdén toda la superficialidad que representa lo material. Experimenta una redención que bien se podría hacer extensiva a toda la sociedad, la misma que quiere esconder sus vergüenzas, ocultar sus abusos, sus delitos y sus oscuros pero innegables deseos de segregación.

La película, a su vez, cuenta la misma historia pero enfocada a un solo hombre: Adrián. Narra más un proceso psicológico que uno sociológico, en el que se nos presenta a un ser desesperado por encontrarse a sí mismo afanado en conseguir el perdón de la víctima de su desgraciado papá. Es una historia familiar, que pone en relieve a una esposa que prefiere evitar el escándalo a descubrir una verdad que Adrián se empeña en dilucidar. Es una historia de superación, en el que una mujer abusada sexualmente (Miriam), puede salir adelante en un barrio limeño habitado por sus paisanos. Y finalmente, es una historia optimista, dado que a pesar de una muerte inesperada, todos consiguen la unión anhelada por el protagonista, y ver, así como Miriam al escapar de sus captores, la hora azul del amanecer en un país dominado por el odio y la venganza.

Como colofón añado que ambas son muy recomendables, y que no es vital haber leído el libro antes para entender la película. Solo un dato adicional, si han visto “Magallanes” identificarán algunas semejanzas con esta película, pero es por culpa de sus creadores porque han mezclado elementos de “La hora azul” con “La pasajera”, esta última también escrita por el mismo autor y en la que supuestamente se basaron para realizarla.





domingo, 9 de octubre de 2016

Los vuelos de la muerte, una más de Ricardo Darín

Entre 1976 y 1983, durante el periodo dictatorial argentino, cinco mil personas fueron lanzadas al mar y al Río de la Plata desde aviones militares con la finalidad de ser asesinadas. Sus cuerpos pútridos y mutilados, en muchos casos aparecían en Uruguay o regresaban a su patria arrastrados por las aguas; en otros casos no corrían la misma suerte, ya que servían de alimento de hambrientas criaturas marinas, desapareciendo para siempre, víctimas de la megalomanía de hombres sin humanidad.

Estos operativos criminales y sistemáticos llamados vuelos de la muerte se llevaban a cabo contra opositores políticos, guerrilleros, y en general contra cualquier ciudadano argentino que manifestara su disconformidad con el gobierno militar liderado por Jorge Rafael Videla, el más grande asesino que ese país ha visto sentarse en su palacio presidencial. Es así que muchos de sus cementerios están repletos de tumbas que cuál eco repiten las dos letras más infames que puede haber en un epitafio: n.n.

Este año se estrenó Kóblic, la historia ficticia de un piloto que se negó a abrir la compuerta de su avión en uno de estos mortíferos vuelos, cuya carga eran seres humanos que bajo el efecto de drogas, debían ser lanzados al vacío. Habiendo llegado al grado de Capitán, este personaje debe huir dada su desobediencia a las horrendas órdenes que debía cumplir. Es así que oculto en un pueblo inhóspito busca escapar de aquel suceso que marcaría la pauta para el desarrollo de los hechos.

Ricardo Darín interpreta a este capitán, un hombre cuyos recuerdos lo mantienen en un estado psicológico de latencia, y cuyas pesadillas nocturnas develan al televidente las oníricas escenas de aquellas matanzas en el aire. Full flashback y mucho silencio en medio de parajes desolados que nos hacen sentir en el viejo oeste norteamericano, por tal motivo la crítica especializada está calificando la película como un western, hay un sheriff, un forastero seductor, un seudo duelo, la damisela a caballo y los balazos en la cabeza.

Grandes actuaciones y un aplauso para su director: Sebastián Borensztein.


jueves, 6 de octubre de 2016

El relato de dos guerras civiles: El Valiente y Gernika

De manera ilegal y clandestina, en un instante de adquisiciones compulsivas de séptimo arte, llegaron a mis manos dos interesantes películas. Sus reseñas cumplían uno de los requisitos de los que ahora exijo antes de sentarme por largos minutos frente a una pantalla: que tengan trasfondo histórico. El Valiente y Gernika, dos películas que desde la portada prometen llevar al espectador a tiempos violentos que seguramente, algún día volverán, quizá no en los territorios protagonistas, pero si en otros confines de nuestro irremediable porvenir.

El Valiente, film basado en hechos reales, nos transporta a un episodio poco conocido de la Guerra de Secesión que tuvo lugar en los Estados Unidos. Un granjero común, harto de los abusos de los Confederados, forma una suerte de guerrilla integrada por desertores y esclavos fugitivos, cuya principal arma, además de las de fuego, es un agreste territorio cubierto de pantanos. Un líder que se enfrenta a distintos enemigos por ganar derechos civiles para los habitantes del Estado Libre de Missisipi que él mismo fundó, y que ve lejanos sus objetivos al tener al frente los rezagos de una sociedad esclavista, racista, explotadora y excluyente. Una película perfecta para el contexto electoral que ve enfrentados a Trump y a Clinton por el sillón presidencial del fenecido Washington. Muy recomendable.

Gernika narra la masacre perpetrada por aviadores italianos y alemanes comandados desde la oscuridad por Franco durante la Guerra Civil Española, en la que los germanos pusieron en práctica la denominada blitzkrieg o guerra total. Una puesta en escena sin altas aspiraciones pedagógicas y que deja la sensación de que pudo haber penetrado un poco más en sus infaustas motivaciones. Dejando de lado una historia de amor a mi parecer innecesaria si el leiv motiv de rodarla era mostrar a las nuevas generaciones el acontecimiento en su verdadera dimensión, el valor de la película reside en refrescarle la memoria a los españoles sobre un acontecimiento histórico que revuelve los intestinos de la madre patria hasta la actualidad y cuyo infeliz desenlace inspiró uno de los más famosos cuadros de Picasso. El papel del manejo de la información y el poder de la propaganda, para los interesados, es un fantasma que recorre cada parte de sus diálogos. No se aburrirán, pero tampoco terminarán maravillados.

Dos cruentas guerras llevadas a la pantalla grande, para verlas acompañados de un pan con chicharrón. Bon appétit.



viernes, 30 de septiembre de 2016

Tus últimas cuadras

La misma puta triste de la esquina, el claxon de los taxis cazadores, los trajes caros de oficina. Larco a las siete de la noche. La brisa del océano compite con smog, y una eventual limosnera aturde las apuradas caminatas. Hay que mirar de frente en ocasiones, y hacer alarde de nuestra fortuna con desdén e indiferencia.

Piernas que salen del trabajo y cabezas que siguen en él, nadie se aleja tanto, hay que regresar en unas horas. Al viejo jalador del chifa, que invita a cagarte el estómago por doce soles, hay que regalarle un peine nuevo, porque el que tiene lo sigue peinando igual. Los bancos en el cruce, con las colas que invadiendo la calle, te obligan a pasar. Una tarjeta con valor, un cajero que vomita papel, nunca son suficientes sus arcadas.

El cafecito en la vereda, explotando la concesión. Un brownie en el paladar. Ex quesito. Un cigarro en la puerta del edificio. Poco hacen recordar a Frágil y a su festiva canción. Los prósperos negocios, otrora casas cristalinas, bajaron sus precios, y en medio de su propia dictadura, le dieron al pueblo la voz de Dios. Hay que vender, y los cholos tenemos plata, quizá no para el Corner, pero sí para una Paella.

La mangata obliga a usar un diccionario, pero el reflejo de la luna lo explica todo. En silencio se van perdiendo sus luces, y oscurecido el horizonte, alejándonos, solo nos queda el mar.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Emulando a Julio Ramón: Mi mejor amigo, el cigarrillo

A los catorce años, cuando mi rostro magullado por las marcas barrosas denunciaba la reciente huida de la pubertad fumé mi primer cigarrillo. Fue un involuntario regalo de mi padre, asiduo fumador de Premier de cajetillas en pares diarios, en uno de cuyos arrugados empaques hallé a mi máximo y más fiel acompañante, que estoy seguro y nadie me convencerá de lo contrario, se quedó a mi lado por haberlo salvado del bote de la basura. El olor que expelía aquella pequeña barra de nicotina envuelta en ese delgado papel lo sentí desde pequeño, la familia paterna, eufóricos fumadores, me habían educado en el arte de aspirar el humo que exhalaban de sus alegres bocas en las ruidosas reuniones en casa de mi abuela, fueron años maravillosos en que vivía en una casa que se ladeaba hacia su lado derecho y que produciría, tarde o temprano, una catástrofe al ceder sus centenarias estructuras. Fue allí, en medio de las innumerables celebraciones de cumpleaños que empezó todo, mis jóvenes primos, ahora regordetes señores se escondían en la escalera de madera alejados de las fastidiosas miradas adultas para invitarles unas cuantas pitadas a mis guapas primas y a los que yo, niño bueno como era en esos infantiles periodos denunciaba a sus borrachosos padres que me decían: “Sobrino, ya te quiero ver cuando seas grande”. Palabras pitonisas que aún resuenan en mis profundidades craneanas y que auguraban mi tabacalero porvenir.

Pues bien, aquel cigarrillo olvidado de mi padre que salvé de acabar en un botadero o en el mar de la Costa Verde se esfumó al día siguiente, cuando mis compañeros escolares extrañados por mi infrecuente rompimiento de las reglas me vieron sacarlo de la mochila, del mismo bolsillo en que guardaba a los artífices de mis buenas notas, mis lapiceros. Del mismo sitio, que había adquirido ese característico olor de tela jeans expuesta a la madera, extraje los cerillos y procedí con el eterno ritual. Me sequé las sudorosas manos en la chompa de colegio y me puse el cigarro en la boca, chasquee el fosforito La Llama y me ahogué. Mis burlones acompañantes, incrédulos de mi olorosa aventura chocaron sus manos en sentido triunfal ante mi tos de fumador novato que había sufrido el embate de un atoro producto de mi inexperiencia, al verlos reír de esa manera tan escandalosa incluyendo a mis dos pequeñas hermanas hice el segundo intento, esta vez el vencedor había sido yo. Tomé mi primera bocanada de humo y cual matrimonio feliz se selló una unión duradera, mi primer cigarrillo había sido fumado.

Así pase mis últimos tres años en la escuela, fumando a escondidas los cigarrillos robados que mi rapidez y careta de hijo y estudiante aplicado me otorgaban, nadie en mi familia hubiese creído que este relator consumía un cigarrillo por lo menos dejando un día y que los principales abastecedores de tan dañino placer eran precisamente las personas que más me cuidaban, mis padres. Durante esos años conocí a un amigo larguirucho y orejón, su nombre es Danny y aunque su apariencia actual difiere mucho de esta aberrante y simplista descripción, a sus cortos trece ya era una chimenea con gaseosa en mano. Recuerdo que mi madre me mandaba a fiar a la tienda del barrio y allí estaba él, sentado consumiéndose sus generosas propinas como las que tiene cualquier estudiante del Claretiano, años después descubrí que tan compulsiva tentación nicotínica la había adquirido de su abuelo Don Ventura, un antiguo alcalde de Huacho que aún habita entre la sala de su casa y el portón, siempre echando humaredas a los transeúntes que transitan por su vereda. Con Danny pasábamos horas echados en aquella tienda atentos a la inesperada presencia de algún vecino para que no nos delatasen, cuando venía alguno escondíamos nuestro delito a sus ojos en un acto ingenuo, como si el olor no nos revelara cometiéndolo.

Los dieciocho abrieron una nueva etapa en mi grisáceo camino. Ante la negativa de mi madre y la desilusión de mi padre prendí un cigarrillo en nuestra nueva casa. Era mi cumpleaños y mi mayoría de edad me otorgaba el derecho de elegir qué sería bueno para mí y viceversa, puro floro, hasta ahora no sé lo qué es bueno ni malo, pero en fin, al ver su incomodidad decidí no fumar más en mi casa durante unos años, al menos hasta que legítimamente fuera adulto y no porque haya hecho el trámite y la cola en la RENIEC. Esta fue una época de experimentación en que mis pulmones se habían memorizado la palabra auxilio, no trabajaba así que debía mantener mi vicio con propinas y con los vueltos de mis pasajes, los cuales eran ínfimos y que me obligaban a fumar cigarrillos de dudosa calidad y mal gusto. Por mis dedos pasaron los Derby a diez céntimos la unidad, los terribles Ducal a cuatro por cincuenta que dejaban un espantoso dolor de cabeza al fumarlos en exceso, los Montana que vendidos a veinte céntimos eran de los más baratos, los más tolerables junto con los populares Golden Beach, hoy por hoy, una pieza del museo mental que muchos de mis contemporáneos seguramente guardan para su propio regocijo.

Cuando cogí mi primer trabajo en lo único que pensaba era en que me podría abastecer mis propios cigarrillos, ganármelos con mi propio sudor y fumármelos con el derecho que posee el dueño de un bien aún cuando éste sea un mal. Cuando recibí mi primer sueldo salí del banco y me compré una cajetilla de Hamilton, quizá por contradecir a mi padre que seguía fiel a los potentes y desagradables Premier, pero eso no viene al punto. Esta primera experiencia laboral coincidió con mi ingreso a la UNMSM donde a pesar de estar rodeado de gente de letras, ninguno fumaba, incluso hoy me sorprendo que de toda mi promoción de historiadores sea el único fumador, cuestión extraña a sabiendas que el humo siempre estuvo asociado a estos selectos círculos de lectores. De todas las enseñanzas que la vida universitaria me brindó solo una resultó en certeza indiscutible, estaba destinado a ser un vicioso. El póker y el cigarrillo se apoderaron de mis horas de vagancia, fumaba compulsivamente durante las interminables partidas, aquella deforme agrupación de jugadores que afortunadamente conocí y que ahora son entrañables amigos de borrachera era un hervidero de jugadas fraudulentas, de imperceptibles trampas y de humo que asfixiaba a nuestras féminas espectadoras que se componían de amigas horrorizadas, enamoradas molestas y amigas cariñosas que se limitaban a observar nuestra pérdida de tiempo y de dinero en aquellas perniciosas actividades.

Pero nuestra existencia no se limitaba a estos juegos, rara vez practicábamos deporte y antes de correr irracionalmente detrás de un balón de fútbol me fumaba un cigarrillo ante las críticas de mis ahora colegas, costumbre que comparto con mi buen amigo Omar, promesa frustrada del deporte rey por ceder ante la mundanal vida y a sus relajadas delicias, entre ellas el nefasto tabaco. Pero si de excesos se trata debo mencionar los fines de semana, son dos días en que puedo consumir hasta dos cajetillas en las bohemias noches que ven su término en las mañanas de resaca, amaneceres en que mi cuerpo desecha la idea de ser un fumador aunque sea por el domingo y donde pienso no muy seriamente en dejarlo algún día.

Progresivamente probé el Camel, el Lucky Strike y otras marcas que me llevaron a una conclusión, no soy un fumador de exquisiteces, simplemente soy un fumador de Hamilton y en ocasiones de Pall Mall, aunque no niego que cuando alguna señorita me pide le invite uno de mis cigarrillos dudo en sacar mi clásica cajetilla blanquiazul para invitárselo, en ese momento reniego de mis gustos y deseo, cual mago, extraer de mi manga alguna marca más prestigiosa y menos manoseada. Y ya que he mencionado a las señoritas, quién puede negar el placer que produce el fumar un cigarrillo después de un encuentro amatorio, es la culminación ideal a minutos de excitación y de agitaciones mutuas, es el relajo después del relajo, una sensación orgásmica post eyaculatoria que alarga, mientras el fuego consume su delgada extensión, la sensación de la caída después de pasar un instante en el cielo. Nunca disfruto un cigarrillo más que en estos libidinosos momentos en que guardo silencio y boto a la basura la manzana.

Este es mi amigo el cigarrillo, él siempre me acompaña, cuando estoy por la calle sin pensar en nada productivo aparece en mi bolsillo, cuando leo lo observo consumirse en el cenicero, antes de dormir me soba las mejillas con su delicada lengua de humo y cuando escribo interrumpe el camino de las teclas, he descubierto que es irreemplazable y desinteresado, me ha acompañado en mi dolor y en mis alegrías, en mis triunfos y después de las clases de historia, en las eternas madrugadas. Me ha impregnado su esencia, aquel indiscutible rezago de su proceder, las manos y los dientes amarillos a la espera del blanqueamiento en beneficio monetario del odontólogo, el cuerpo flácido y los pulmones dañados. Nadie es perfecto, mucho menos él, pero lo necesito a sabiendas de que a pesar de ser mi mejor amigo terminará matándome, espero que ese brutal paso todavía no se encuentre en sus planes ya que todavía quiero seguir disfrutando de su presencia y compañía durante muchos años más. Termino esta confesión que seguramente molestará a mis amigos de carne y hueso al ponerlos por debajo de tan dañino hábito cancerígeno, pero para apaciguar sus furias debo decirles que ustedes no están aquí en el momento en que escribo estas tóxicas líneas, ustedes no me acompañan ahora, el único que está a mi lado es el cigarrillo, el tercero para ser preciso, una vez más me ha demostrado que inclusive se puede multiplicar y estar cuando más lo necesito, algo que ustedes, compañeros metabólicos, no pueden aspirar por ser las tres de la madrugada y porque tienen sus propios problemas.


lunes, 29 de agosto de 2016

La boca del lobo – Una mirada a nuestra olvidada historia reciente

Una película de dimensiones arguedianas, que nos remonta a un pasado reciente en el tiempo, pero lejano en nuestra olvidadiza memoria. “La boca del lobo” de Francisco Lombardi es, sin lugar a dudas, la mejor película que ha visto aparecer este extraño país amante de “asu mares” y “aventuras culinarias”. Proyectada por primera vez en 1988, en medio de voces que querían acallar la suya, el valiente filme resume en 128 minutos gran parte de nuestras deudas como país, de nuestros traumas históricos y de nuestros “convenientes” silencios nacionales. Es por ello su gran valor sociológico, educativo e inclusive artístico, dado el cuidadoso tratamiento del que fue objeto un tema tan sensible como lo es la etapa del terrorismo. En las líneas venideras no voy a presentar un argumento lineal ni reseña porque eso abunda en la red, mi intención estará limitada a rescatar el significado y los símbolos que pude extraer de la misma y de sus complejos personajes, sean estos metabólicos, paisajísticos u omnipresentes, por ello recomiendo ver el film antes de continuar el siguiente párrafo.

1. El pueblo de Chuspi. Los hechos transcurren en Chuspi, un pueblo que existe en la ficción ayacuchana, que bien podría ser cualquier rincón de la serranía debido a las recurrencias en sus atmósferas: la plaza que derrocha melancolía, el silencio de las casas de adobe, la falta de energía eléctrica, los sinuosos caminos sin asfalto, los grandes espacios solitarios de la puna, los inexpresivos viejecitos sin dientes, los niños quemados sin educación pastando sus ovejas. Allí, en medio de ese ignorado paraje, una columna senderista, después de perpetrar un ataque, atraería a un contingente militar que da inicio a los nefastos acontecimientos que componen la película. El pueblo es un personaje colectivo, este adquiere vida propia de acuerdo a las circunstancias, en ocasiones es una obediente masa patriota cantando el himno de un país indolente, en otras es un festivo grupo alcoholizado que defiende sus derechos contra el pillaje de los militares, y por último termina siendo una víctima de la injusticia y de la arbitrariedad de dos bandos en enfrentamiento. Sin embargo, hay algo que nunca deja de ser, el vivo ejemplo de cientos de comunidades campesinas que habitan en toda la extensión de los Andes, siempre postergados por sucesivos gobiernos.

2. Iván Roca: Este personaje puede ser analizado desde dos ángulos diferentes. Desde una perspectiva psicológica es un militar que arrastra tras de sí una profunda depresión y frustración ya que a pesar de haberse graduado con méritos, nunca pudo ascender de Teniente por problemas de conducta. Su objetivo primordial es demostrar su valía para las Fuerzas Armadas y para sus subalternos en pos de una promoción de grado, llegando al extremo de perpetrar masacres para ocultar sus cobardes errores, no sin antes involucrar al resto de su tropa en el delito. Si lo vemos desde una perspectiva sociológica este representa al Estado, en ese momento incapaz de enfrentar a las huestes senderistas con la fuerza bruta (ya que finalmente lo hizo con Inteligencia). Se le puede entender como una consecuencia de la improvisación y de la aplicación de la “mano dura” con la que actúa el Estado en determinadas ocasiones con resultados negativos (recordemos el Baguazo). Los métodos a los que acude para implantar su régimen y conseguir testimonios del paradero de los “terrucos” son la tortura, la amenaza, el amedrentamiento, y finalmente el asesinato de decenas de personas, entre las que se contaban mujeres y niños inocentes, los mismos que terminaron en una fosa común improvisada entre un cerro y grandes cantidades de dinamita.

3. Vitín Luna: Es un suboficial que llegó a la zona de conflicto con la intención de ganar méritos y postular a la Escuela de Oficiales. Al inicio muestra cierto desdén hacia los pobladores, sin embargo, muy rápidamente aflora su compasión. Es importante resaltar que compasión no es lo mismo que identificación, no es pues el Gonzalo Guerrero de las crónicas mexicanas, él se limita a observar y no cae en la asimilación, e inclusive también roba animales de vez en cuando para alimentar a la tropa. Sin embargo, fue el único que tuvo el valor de enfrentar a Roca cuando este, al asesinar involuntariamente a un campesino, termina ametrallando a todos los asistentes de una boda para ocultar su delito. Vitín Luna no deja de ser un personaje citadino y militar, él extraña su capital y silencia sus labios ante el pillaje y los delitos de sus compañeros de armas. Finalmente expresa su rechazo a todo lo que representa el teniente Roca, con quien se juega la vida en una espeluznante “ruleta rusa”, aquel reto en el que dos contendores colocan una bala en el tambor de un revolver y apuntándolo en la sien, disparan hasta que uno de los dos reciba el infortunio y las paredes sus sesos.

4. Kike Gallardo: El mejor amigo de Vitín Luna y el culpable directo de la masacre de los campesinos de Chuspi. Es este el personaje en el que recae toda la miseria moral de un país en descomposición, en el cual hay violaciones, vejaciones, abusos de autoridad, arbitrariedades e injusticias indignantes. Gracias a él es que la película tiene, por momentos, cierto matiz nihilista y decadente, características que la perfilan como un film que no se quedó en el objetivo mercantil, sino que muestra los rasgos filosóficos de una sociedad que permite el desarrollo de individuos como este. Él, durante su permanencia en este alejado pueblo se volvió culpable de violación sexual, de hurto y de asesinato, lo que nos hace pensar en que el hombre aflora sus peores instintos en situaciones de desesperación extrema, mas aun cuando no hay una autoridad visible que juzgue las faltas, o peor aún, cuando el mismo perpetrador la representa para beneficio de sus propios fines.

5. Julia: Una joven campesina que trabajaba de vendedora en el pueblo, era víctima constante de Kike Gallardo, quien le consumía productos y no le pagaba la cuenta. Un día en el que Kike se encontraba ebrio fue en busca de Julia y empujándola hacia el interior de su pequeña tienda la violó. Julia representa a todas las mujeres violentadas sexualmente durante la etapa terrorista que a pesar de denunciar, nunca fueron escuchadas, al igual que las casi 4300 que sufrieron de este tipo de agresión, la gran mayoría sin sentencia hasta hoy.

6. La niña de las ovejas: Una pequeña niña que alimentaba a sus ovejas, aparece como un fantasma constante que solo se limita a observar los acontecimientos en silencio. Fue la primera testigo de un ataque terrorista, la única que vio en la puna a los militares en incursión en territorio agreste, y la que observó como huía Vitín Luna. Sus tres silencios aluden, en primera instancia, al sopor de presenciar un asesinato en su comunidad; en segunda instancia, a la esperanza, al ver a los militares buscando a los culpables del terror; y en tercera, a la resignación por ver como abandona su puesto el único militar que fue capaz de desobedecer las órdenes de un líder abusivo y criminal.

7. Los terroristas: El enemigo invisible que acecha durante toda la película. Los terroristas no se materializan en un rostro, solo en actos como pintas subversivas, emboscadas, asesinatos y pillajes. Aparecen como los grandes catalizadores de los trágicos acontecimientos, pero su incorporeidad los mantiene en un favorable segundo plano de la narrativa. El espectador no llega a identificar una imagen en la que depositar sus culpas. Una posibilidad del por qué los creadores desaparecen de escena a los terroristas es para que el espectador asuma la responsabilidad que debe recaer en sus hombros, dado que el abandono de estas regiones se debe en parte al centralismo de las capitales, a la desidia de malas autoridades y al histórico abandono al que las hemos relegado por un progreso que desde la mirada occidental, es lo inverso a lo que sucede en las alturas del país.

8. El miedo: Es el compañero más fiel de todos los personajes de la ficción. Aparece entre el pueblo, que no sabe a quién obedecer porque se ven amenazados, tanto del lado de los terroristas como de los militares; aparece entre la tropa, que vive a salto de mata por los enfrentamientos con sus enemigos; aparece en Iván Roca, quien asustado manda a matar a una treintena de personas para acallar a los testigos de su asesinato; aparece en Vitín Luna, cuando obedeciendo las torcidas órdenes de su teniente, escolta a las víctimas hasta su tumba final; aparece en Kike Gallardo, quien a pesar de sentirlo, logra hacer prevalecer sus propias aberraciones; y finalmente aparece en Julia ante la inminente violación de quien debía salvarla del azote terrorista.

Si “La ciudad y los perros”, basada en el libro homónimo de Vargas Llosa, desnudó completamente al Perú mostrando sus vergüenzas, “La boca del lobo” le puso la daga en el cuello, y con cierta manía psicopática, lo terminó desollando. Un film que ningún peruano debería dejar de ver para conocer su historia reciente y ejercitar la memoria verdadera, allí donde se erigen museos en su honor.


viernes, 19 de agosto de 2016

Tres series de Netflix para no morir en vacaciones

Si has salido de vacaciones y eres de esos extraños seres que en lugar de salir a una playa paradisíaca o aquí nomas a Canta, prefiere quedarse en pijama todo el día con un buen libro y solo comer hasta reventar, pues este es tu post. Sin embargo en esta ocasión no recomendaré libros ni películas basadas en ellos, esta vez escribiré sobre algunas series que podrían interesar a las almas curiosas de historia o literatura y cuyos ojos ya están pidiendo otra sana distracción.

Camelot. Un joven Rey Arturo de cabellos rubios, criado por una familia sustituta y mujeriego como él solo, habita un castillo de Camelot en ruinas, que sirve como albergue de pobres desamparados. Hay historia, magia, códigos, batallas, sexo y engaños palaciegos por el trono. Entretiene a pesar de su única temporada, la misma que queda inconclusa en su mejor parte. Si buscas alguna serie que se acerque, aunque sea en una mínima parte a GOT, esta es la indicada, dado que se desarrolla en un ambiente medieval, con caballeros y con un incesto, que aunque involuntario, enciende la curiosidad del televidente y reminiscencias Lannister por un desenlace que nunca llegó.


Tut. El antiguo Egipto, con la majestuosidad de su imponente arquitectura, legó para la posteridad a uno de sus gobernantes más famosos: Tutankamón. La serie nos relata la vida del joven Faraón, sus escapes por las calles de la capital del Imperio, sus batallas, sus amores y finalmente su muerte. Nos muestra cómo el Visir y los Generales poderosos podían representar un problema para la consolidación del poder real. Si bien era considerado un dios, el joven Tut pudo ser borrado de la historia hasta el siglo XX, época en la que se descubre su tumba con su impresionante ajuar funerario. Tan solo tres capítulos que transportan al televidente a un mundo fenecido, sangriento y sobre todo apasionante.

Sherlock. Seguramente Arthur Conan Doyle estaría conforme con la nueva adaptación inglesa de su personaje más conocido: Sherlock Holmes, el reconocido inspector o investigador privado del gorro de cazador y extravagante pipa. Ambientada en la Inglaterra del siglo XXI, los creadores nos transportan a la famosa 221 B de Baker Street una vez más para ser testigos de las aventuras de este con el recordado Dr. Watson, su fiel asistente y amigo. Sherlock dice ser un sociópata deductivo, pero más se ajusta a un Asperger con una habilidad impresionante para identificar y enlazar detalles que para otros pasan desapercibidos. Netflix tiene tres temporadas y sus fans están a la espera de la cuarta, de la que ya salió un emocionante trailer.



Como ven, si por un momento la biblioteca personal les deja de llamar la atención, estas series pueden darles algo de aire fresco. Aunque como lo he podido comprobar, siempre volveremos a los libros, y a ser eternos lectores reincidentes. Ojalá alguna serie toque este adictivo tema en uno de sus capítulos.



Pantaleón y las visitadoras (1973) – Mario Vargas Llosa

“Mi cantar es así, para ti mujer con amor, Contamana te vio nacer, con mucho placer...”. Suena en la radio la repetitiva melodía. Un día más en la calurosa Iquitos, década de 1950. La voz grandilocuente del locutor más sintonizado, el “Sinchi”, se transmite por los altavoces de los mercados denunciando las recurrentes violaciones de las que son víctimas las jóvenes loretanas por parte de soldados del Ejército Peruano. Ante tal situación, altos mandos de la institución envían a uno de sus más prometedores oficiales a poner fin al proceder sicalíptico de sus tropas. Su nombre, Pantaleón Pantoja, un intachable Capitán, quien con esposa y madre de escolta, llega a esta ciudad a cumplir una sacrificada misión secreta: implementar un servicio de “visitadoras”, que en cristiano significa prostitutas, para que brinden “prestaciones”, es decir, encuentros sexuales, al personal del Ejército destacado en las profundidades de la selva peruana.

Fiel a una férrea tradición, Pantaleón Pantoja es un oficial obsesionado con el cumplimiento del deber “sin dudas ni murmuraciones”. Educado en el seno de una familia que lo formó con altos valores cívicos, morales y militares, la misión le resulta al inicio odiosa dado que sus costumbres lo han mantenido alejado de frecuentar lupanares, meretrices, ebrios o lugares de mal vivir. Sitios que tendrá que empezar a pisar para poder cumplir con las órdenes que le han sido encomendadas y de la cual depende la canalización de los bajos instintos de los soldados violadores: fundar el Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines (SVGPFA), el mismo que inicia operaciones el 04 de agosto de 1956 (curiosamente, el día y el mes de mi santo cumpleaños). Con el tiempo y contra todo pronóstico, el capitán Pantoja convertiría este servicio en la célula más eficiente de la institución castrense debido a sus innegables cualidades administrativas.

Acompañado principalmente del chino Porfirio, “Chupito” y su pareja “Chuchupe” (una antigua “mami” prostibularia que era responsable de reclutar a las féminas para el servicio), de dos soldados homosexuales (elegidos por su “indiferencia ante el sexo opuesto”) y de otros personajes secundarios, aborda la embarcación Eva o la avioneta Dalila para llegar a las bases militares con su preciada carga: mujeres para que los soldados puedan satisfacer sus necesidades sexuales a vista y paciencia (y con presupuesto) de las gloriosas Fuerzas Armadas. Evidentemente algunos sectores están en desacuerdo con esta pecaminosa actividad, como el General Scavino o el Padre Beltrán, este último un sacerdote castrense que vive horrorizado con las actividades secretas que lleva a cabo Pantoja. La trama transcurre entre una serie de sucesos que acontecen paralelos, como la expansión de un culto religioso que crucifica animales, la hermandad de Francisco, que finalmente se ve envuelta en homicidios, incluido el de Olga Arellano, alias “la Brasileña”, una despampanante mujer que puso en aprietos a Pantaleón Pantoja dado que se convirtió en su amante y la causante de su separación matrimonial.

La novela, por momentos cómica y satírica, denuncia la hipocresía que se esconde tras el conservadurismo de las instituciones tutelares como el ejército y la iglesia, así como de la sociedad. En el primer caso porque es el propio ejército quien organiza el servicio para después negarlo; en el segundo porque al final se insinúa a Beltrán acostándose con una prostituta; y en el tercero porque la vecindad loretana soporta a las “lavanderas” clandestinas (meretrices que van de puerta en puerta ofreciendo sus servicios), pero no perdona el escándalo público de una empresa de putas organizadas. Por otro lado, desenmascara el trágico destino de los varones débiles ante el cuerpo femenino, que terminan sucumbiendo a sus mágicos encantos. Hasta el hombre más fiel, representado por Pantaleón Pantoja, cae rendido ante los atributos físicos de “la Brasileña”, una mujer que reproduce el estereotipo de la mujer fatal y selvática, asociada injusta pero tradicionalmente a la lujuria extrema y al sexo insaciable, gracias a una supuesta voluptuosidad producida en sus cuerpos por la exposición al calor extremo de nuestra hermosa Amazonia y a sus bebidas afrodisiacas. Por último se hace alusión al poder corruptor del dinero en los medios de comunicación, es el caso del “Sinchi”, el periodista más respetado de Iquitos que extorsiona para omitir e incluso defender el servicio de visitadoras en su espacio radial. No hay duda que Vargas Llosa explota su amplia experiencia putañera adquirida en las siete cuadras del antiguo jirón Huatica en sus épocas de adolescente.

Tal como “La ciudad y los perros”, esta obra ha sido llevada al cine. Para este post vi la versión de Francisco Lombardi de 1999, donde la madre de Pantaleón, Leonor, es inexistente, así como el culto de la hermandad de Francisco y sus crucifixiones. En la versión cinematográfica La Brasileña se transforma en La Colombiana, personaje interpretado por Angie Cepeda, quien logra personificar toda la exuberancia del relato “vargallosiano” y poner en apuros anatómicos a un privilegiado Salvador del Solar que da vida al mentado Capitán. Sin embargo, a pesar de las diferencias, Lombardi logra rescatar la esencia de la novela y poner en pantalla los elementos antes descritos, por lo que logró llevar al cine no sólo el producto del ingenio del autor, sino a miles de personas atraídas tanto por ver el resultado de su imaginación literaria así como las escenas de sexo que se reproducen, a mi entender un tanto excesivas en número, y que desvirtúan en proporción mínima a la película colocándola por debajo del libro.

Una lectura que recomiendo para introducirse en el universo literario de Mario Vargas Llosa, que combina denuncia con picardía, y que hace pensar en El Dorado, aquella ciudad resguardada por Amazonas que escondía tesoros incalculables. Varguitas inventó uno de estos paraísos para las almas impunes y descaradas que gustan de los placeres mundanos de la carne comerciada, Pantilandia, con su mítica Brasileña (llamada así solo porque vivió algunos años en Manaos), y a la que, por su abnegada labor, se le rindieron honores militares cuando dejo nuestro mundo y se fue al lado de sus pares inmortales, como casi todas las creaciones del afamado escritor.

Descansen soldados, pero quiten las manos de sus bolsillos.



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