sábado, 3 de diciembre de 2016

El Marginal, otra gran producción argentina

¿Se imaginan al director de un penal agarrándose a trompadas con el “taita” en su propia oficina?, ¿a estos dos saliendo a pasear en el auto del primero?, ¿y a aquel manteniendo secuestrada en el penal a la hija de un poderoso juez? Todo esto se ve en una nueva serie de Netflix que nos introduce en San Onofre, una prisión argentina donde estas y otras cosas iguales o peores de escandalosas suceden a vista, paciencia y con complicidad del corrupto sistema penitenciario que nada tiene que envidiar al de nuestro triste país.

La historia es una suerte de drama policial. El protagonista es Miguel Palacios (o Pastor Peña), un ex policía encubierto que es infiltrado contra su voluntad en esta carcel maldita. Su misión es investigar el paradero de la joven hija del juez Lunati, secuestrada porque este se quedo con un botín producto del narcotrafico. El penal es dominado por la banda de los Borges, con Mario a la cabeza y Juan Pablo “Diosito” Borges, su psicopata hermano menor, como su lugarteniente, quienes son los autores del secuestro y que mantienen, con la anuencia del mismísimo director, a la niña cautiva dentro del penal.

Casi toda la trama transcurre en el patio, el cual es el hogar de los desarrapados, que son comandados por la pandilla llamada Sub 21; en el otro bando está el pabellón dominado por los Borges, donde sus secuaces gozan de todas las comodidades; y por encima, como un “Gran Hermano”, Antín, el corrupto, vigilante y maquiavélico director, cuyas aspiraciones políticas lo llevan a tranzar con los internos a fin de mantener la paz dentro del recinto y a prostituir a su asistente para evitar fiscalizaciones a su infame gestión. Este Antín representa al burócrata mafioso, prepotente, corrupto e inmoral. Un personaje, aunque no parezca, más común de lo que creemos pero que no deja de sorprender dado su cínico proceder y los muchos de su especie habitando nuestras instituciones públicas.

Si gozan del privilegio de tener un alma pura no la vean. Hay lenguaje vulgar, escenas de sexo orgiástico hetero y homosexual, asesinatos, torturas, mutilaciones y violaciones en baños pestilentes. La esperanza solo aparece por momentos. Como en todo encierro, se anhela la libertad pero también el poder, y su búsqueda puede llevar a la muerte. La tragedia es el oxígeno de los presos, la droga su catalizador más efectivo. Una serie para no ver en familia y que promete una segunda temporada a la altura de su emocionante y trágico final, donde hasta un nombre santo puede ser víctima de una muerte horrenda a manos de su ser más amado.





viernes, 14 de octubre de 2016

“La hora azul” de Alonso Cueto: libro vs. película

El fantasma del terrorismo se pasea entre nosotros. Habita en los recuerdos, en los traumas de los abusados y en las tumbas de sus víctimas. Sus cantos aún resuenan en los penales y se erigen mausoleos en honor de sus supuestos mártires. Sus remanentes armados, aliados del narcotráfico, se esconden en la selva, y su brazo democrático busca una inscripción como partido político. Se nos repite sin cesar su endemoniado actuar, y se planifican campañas en todos los canales de señal abierta recordándonos sus horrores.

Pero nadie habla del actuar de algunos malos elementos militares que cayeron en la tentación de ejercer su autoridad para llevar a cabo delitos que en muchos casos quedaron impunes. No es el caso de Alonso Cueto, reconocido escritor peruano de larga trayectoria que a través de sus ficciones nos acerca a las consecuencias de este convulso periodo de nuestra historia reciente. “La hora azul”, su novela más exitosa, publicada originalmente en el año 2005, ha sido llevada al cine por Evelyne Pegot-Ogie, entregando a los lectores la oportunidad de ver personificados a los protagonistas de la obra impresa.

Sin embargo, existe la odiosa manía de la comparación. Y es que en esta ocasión se hace necesaria, dado que ambas son historias diferentes tituladas de la misma manera. Quizá un lector o espectador pasivo diría que el guión cinematográfico es bastante cercano a las 265 páginas del libro, exceptuando algunas escenas que podrían parecer irrelevantes, pero la realidad es que precisamente en aquellas omisiones radican sus principales diferencias. Sin desmerecer el producto de la cineasta, que por cierto está bastante bien logrado, su película narra una historia personal, y la novela, una colectiva.

Sin ánimos de spoiler, solo voy a detallar en qué radica esta opinión. En primer lugar ambas tienen como personaje principal a Adrián Ormache, un exitoso abogado cuya apacible vida está enfocada en su estudio y familia, de hecho es un hombre feliz hasta que sobreviene la muerte de su madre, entre cuyas cosas encuentra evidencia de que su padre cometió secuestros, violaciones y matanzas durante su estadía en Ayacucho en épocas del terrorismo. En segundo lugar está Miriam, una mujer violada por el padre de este durante un año, periodo en el que su victimario se enamoró de ella y la mantuvo cautiva para satisfacer sus bajos instintos carnales, de los que escapó huyendo de una muerte segura.

Y es por estos dos que saltan a la vista aquellos elementos que hacen distintos estos productos artísticos. La novela, de manera simbólica, trata del encuentro de aquella Lima que está de espaldas a la realidad del país y que al chocarse con ella, experimenta lo que algunos llaman asimilación e identificación. Adrián Ormache, al decidir buscar a Miriam y pedirle perdón para que no le diga a nadie lo qué pasó en Ayacucho, encuentra un sendero que lo aleja de sus acostumbradas convenciones sociales, al punto de mirar con desdén toda la superficialidad que representa lo material. Experimenta una redención que bien se podría hacer extensiva a toda la sociedad, la misma que quiere esconder sus vergüenzas, ocultar sus abusos, sus delitos y sus oscuros pero innegables deseos de segregación.

La película, a su vez, cuenta la misma historia pero enfocada a un solo hombre: Adrián. Narra más un proceso psicológico que uno sociológico, en el que se nos presenta a un ser desesperado por encontrarse a sí mismo afanado en conseguir el perdón de la víctima de su desgraciado papá. Es una historia familiar, que pone en relieve a una esposa que prefiere evitar el escándalo a descubrir una verdad que Adrián se empeña en dilucidar. Es una historia de superación, en el que una mujer abusada sexualmente (Miriam), puede salir adelante en un barrio limeño habitado por sus paisanos. Y finalmente, es una historia optimista, dado que a pesar de una muerte inesperada, todos consiguen la unión anhelada por el protagonista, y ver, así como Miriam al escapar de sus captores, la hora azul del amanecer en un país dominado por el odio y la venganza.

Como colofón añado que ambas son muy recomendables, y que no es vital haber leído el libro antes para entender la película. Solo un dato adicional, si han visto “Magallanes” identificarán algunas semejanzas con esta película, pero es por culpa de sus creadores porque han mezclado elementos de “La hora azul” con “La pasajera”, esta última también escrita por el mismo autor y en la que supuestamente se basaron para realizarla.





domingo, 9 de octubre de 2016

Los vuelos de la muerte, una más de Ricardo Darín

Entre 1976 y 1983, durante el periodo dictatorial argentino, cinco mil personas fueron lanzadas al mar y al Río de la Plata desde aviones militares con la finalidad de ser asesinadas. Sus cuerpos pútridos y mutilados, en muchos casos aparecían en Uruguay o regresaban a su patria arrastrados por las aguas; en otros casos no corrían la misma suerte, ya que servían de alimento de hambrientas criaturas marinas, desapareciendo para siempre, víctimas de la megalomanía de hombres sin humanidad.

Estos operativos criminales y sistemáticos llamados vuelos de la muerte se llevaban a cabo contra opositores políticos, guerrilleros, y en general contra cualquier ciudadano argentino que manifestara su disconformidad con el gobierno militar liderado por Jorge Rafael Videla, el más grande asesino que ese país ha visto sentarse en su palacio presidencial. Es así que muchos de sus cementerios están repletos de tumbas que cuál eco repiten las dos letras más infames que puede haber en un epitafio: n.n.

Este año se estrenó Kóblic, la historia ficticia de un piloto que se negó a abrir la compuerta de su avión en uno de estos mortíferos vuelos, cuya carga eran seres humanos que bajo el efecto de drogas, debían ser lanzados al vacío. Habiendo llegado al grado de Capitán, este personaje debe huir dada su desobediencia a las horrendas órdenes que debía cumplir. Es así que oculto en un pueblo inhóspito busca escapar de aquel suceso que marcaría la pauta para el desarrollo de los hechos.

Ricardo Darín interpreta a este capitán, un hombre cuyos recuerdos lo mantienen en un estado psicológico de latencia, y cuyas pesadillas nocturnas develan al televidente las oníricas escenas de aquellas matanzas en el aire. Full flashback y mucho silencio en medio de parajes desolados que nos hacen sentir en el viejo oeste norteamericano, por tal motivo la crítica especializada está calificando la película como un western, hay un sheriff, un forastero seductor, un seudo duelo, la damisela a caballo y los balazos en la cabeza.

Grandes actuaciones y un aplauso para su director: Sebastián Borensztein.


jueves, 6 de octubre de 2016

El relato de dos guerras civiles: El Valiente y Gernika

De manera ilegal y clandestina, en un instante de adquisiciones compulsivas de séptimo arte, llegaron a mis manos dos interesantes películas. Sus reseñas cumplían uno de los requisitos de los que ahora exijo antes de sentarme por largos minutos frente a una pantalla: que tengan trasfondo histórico. El Valiente y Gernika, dos películas que desde la portada prometen llevar al espectador a tiempos violentos que seguramente, algún día volverán, quizá no en los territorios protagonistas, pero si en otros confines de nuestro irremediable porvenir.

El Valiente, film basado en hechos reales, nos transporta a un episodio poco conocido de la Guerra de Secesión que tuvo lugar en los Estados Unidos. Un granjero común, harto de los abusos de los Confederados, forma una suerte de guerrilla integrada por desertores y esclavos fugitivos, cuya principal arma, además de las de fuego, es un agreste territorio cubierto de pantanos. Un líder que se enfrenta a distintos enemigos por ganar derechos civiles para los habitantes del Estado Libre de Missisipi que él mismo fundó, y que ve lejanos sus objetivos al tener al frente los rezagos de una sociedad esclavista, racista, explotadora y excluyente. Una película perfecta para el contexto electoral que ve enfrentados a Trump y a Clinton por el sillón presidencial del fenecido Washington. Muy recomendable.

Gernika narra la masacre perpetrada por aviadores italianos y alemanes comandados desde la oscuridad por Franco durante la Guerra Civil Española, en la que los germanos pusieron en práctica la denominada blitzkrieg o guerra total. Una puesta en escena sin altas aspiraciones pedagógicas y que deja la sensación de que pudo haber penetrado un poco más en sus infaustas motivaciones. Dejando de lado una historia de amor a mi parecer innecesaria si el leiv motiv de rodarla era mostrar a las nuevas generaciones el acontecimiento en su verdadera dimensión, el valor de la película reside en refrescarle la memoria a los españoles sobre un acontecimiento histórico que revuelve los intestinos de la madre patria hasta la actualidad y cuyo infeliz desenlace inspiró uno de los más famosos cuadros de Picasso. El papel del manejo de la información y el poder de la propaganda, para los interesados, es un fantasma que recorre cada parte de sus diálogos. No se aburrirán, pero tampoco terminarán maravillados.

Dos cruentas guerras llevadas a la pantalla grande, para verlas acompañados de un pan con chicharrón. Bon appétit.



viernes, 30 de septiembre de 2016

Tus últimas cuadras

La misma puta triste de la esquina, el claxon de los taxis cazadores, los trajes caros de oficina. Larco a las siete de la noche. La brisa del océano compite con smog, y una eventual limosnera aturde las apuradas caminatas. Hay que mirar de frente en ocasiones, y hacer alarde de nuestra fortuna con desdén e indiferencia.

Piernas que salen del trabajo y cabezas que siguen en él, nadie se aleja tanto, hay que regresar en unas horas. Al viejo jalador del chifa, que invita a cagarte el estómago por doce soles, hay que regalarle un peine nuevo, porque el que tiene lo sigue peinando igual. Los bancos en el cruce, con las colas que invadiendo la calle, te obligan a pasar. Una tarjeta con valor, un cajero que vomita papel, nunca son suficientes sus arcadas.

El cafecito en la vereda, explotando la concesión. Un brownie en el paladar. Ex quesito. Un cigarro en la puerta del edificio. Poco hacen recordar a Frágil y a su festiva canción. Los prósperos negocios, otrora casas cristalinas, bajaron sus precios, y en medio de su propia dictadura, le dieron al pueblo la voz de Dios. Hay que vender, y los cholos tenemos plata, quizá no para el Corner, pero sí para una Paella.

La mangata obliga a usar un diccionario, pero el reflejo de la luna lo explica todo. En silencio se van perdiendo sus luces, y oscurecido el horizonte, alejándonos, solo nos queda el mar.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Emulando a Julio Ramón: Mi mejor amigo, el cigarrillo

A los catorce años, cuando mi rostro magullado por las marcas barrosas denunciaba la reciente huida de la pubertad fumé mi primer cigarrillo. Fue un involuntario regalo de mi padre, asiduo fumador de Premier de cajetillas en pares diarios, en uno de cuyos arrugados empaques hallé a mi máximo y más fiel acompañante, que estoy seguro y nadie me convencerá de lo contrario, se quedó a mi lado por haberlo salvado del bote de la basura. El olor que expelía aquella pequeña barra de nicotina envuelta en ese delgado papel lo sentí desde pequeño, la familia paterna, eufóricos fumadores, me habían educado en el arte de aspirar el humo que exhalaban de sus alegres bocas en las ruidosas reuniones en casa de mi abuela, fueron años maravillosos en que vivía en una casa que se ladeaba hacia su lado derecho y que produciría, tarde o temprano, una catástrofe al ceder sus centenarias estructuras. Fue allí, en medio de las innumerables celebraciones de cumpleaños que empezó todo, mis jóvenes primos, ahora regordetes señores se escondían en la escalera de madera alejados de las fastidiosas miradas adultas para invitarles unas cuantas pitadas a mis guapas primas y a los que yo, niño bueno como era en esos infantiles periodos denunciaba a sus borrachosos padres que me decían: “Sobrino, ya te quiero ver cuando seas grande”. Palabras pitonisas que aún resuenan en mis profundidades craneanas y que auguraban mi tabacalero porvenir.

Pues bien, aquel cigarrillo olvidado de mi padre que salvé de acabar en un botadero o en el mar de la Costa Verde se esfumó al día siguiente, cuando mis compañeros escolares extrañados por mi infrecuente rompimiento de las reglas me vieron sacarlo de la mochila, del mismo bolsillo en que guardaba a los artífices de mis buenas notas, mis lapiceros. Del mismo sitio, que había adquirido ese característico olor de tela jeans expuesta a la madera, extraje los cerillos y procedí con el eterno ritual. Me sequé las sudorosas manos en la chompa de colegio y me puse el cigarro en la boca, chasquee el fosforito La Llama y me ahogué. Mis burlones acompañantes, incrédulos de mi olorosa aventura chocaron sus manos en sentido triunfal ante mi tos de fumador novato que había sufrido el embate de un atoro producto de mi inexperiencia, al verlos reír de esa manera tan escandalosa incluyendo a mis dos pequeñas hermanas hice el segundo intento, esta vez el vencedor había sido yo. Tomé mi primera bocanada de humo y cual matrimonio feliz se selló una unión duradera, mi primer cigarrillo había sido fumado.

Así pase mis últimos tres años en la escuela, fumando a escondidas los cigarrillos robados que mi rapidez y careta de hijo y estudiante aplicado me otorgaban, nadie en mi familia hubiese creído que este relator consumía un cigarrillo por lo menos dejando un día y que los principales abastecedores de tan dañino placer eran precisamente las personas que más me cuidaban, mis padres. Durante esos años conocí a un amigo larguirucho y orejón, su nombre es Danny y aunque su apariencia actual difiere mucho de esta aberrante y simplista descripción, a sus cortos trece ya era una chimenea con gaseosa en mano. Recuerdo que mi madre me mandaba a fiar a la tienda del barrio y allí estaba él, sentado consumiéndose sus generosas propinas como las que tiene cualquier estudiante del Claretiano, años después descubrí que tan compulsiva tentación nicotínica la había adquirido de su abuelo Don Ventura, un antiguo alcalde de Huacho que aún habita entre la sala de su casa y el portón, siempre echando humaredas a los transeúntes que transitan por su vereda. Con Danny pasábamos horas echados en aquella tienda atentos a la inesperada presencia de algún vecino para que no nos delatasen, cuando venía alguno escondíamos nuestro delito a sus ojos en un acto ingenuo, como si el olor no nos revelara cometiéndolo.

Los dieciocho abrieron una nueva etapa en mi grisáceo camino. Ante la negativa de mi madre y la desilusión de mi padre prendí un cigarrillo en nuestra nueva casa. Era mi cumpleaños y mi mayoría de edad me otorgaba el derecho de elegir qué sería bueno para mí y viceversa, puro floro, hasta ahora no sé lo qué es bueno ni malo, pero en fin, al ver su incomodidad decidí no fumar más en mi casa durante unos años, al menos hasta que legítimamente fuera adulto y no porque haya hecho el trámite y la cola en la RENIEC. Esta fue una época de experimentación en que mis pulmones se habían memorizado la palabra auxilio, no trabajaba así que debía mantener mi vicio con propinas y con los vueltos de mis pasajes, los cuales eran ínfimos y que me obligaban a fumar cigarrillos de dudosa calidad y mal gusto. Por mis dedos pasaron los Derby a diez céntimos la unidad, los terribles Ducal a cuatro por cincuenta que dejaban un espantoso dolor de cabeza al fumarlos en exceso, los Montana que vendidos a veinte céntimos eran de los más baratos, los más tolerables junto con los populares Golden Beach, hoy por hoy, una pieza del museo mental que muchos de mis contemporáneos seguramente guardan para su propio regocijo.

Cuando cogí mi primer trabajo en lo único que pensaba era en que me podría abastecer mis propios cigarrillos, ganármelos con mi propio sudor y fumármelos con el derecho que posee el dueño de un bien aún cuando éste sea un mal. Cuando recibí mi primer sueldo salí del banco y me compré una cajetilla de Hamilton, quizá por contradecir a mi padre que seguía fiel a los potentes y desagradables Premier, pero eso no viene al punto. Esta primera experiencia laboral coincidió con mi ingreso a la UNMSM donde a pesar de estar rodeado de gente de letras, ninguno fumaba, incluso hoy me sorprendo que de toda mi promoción de historiadores sea el único fumador, cuestión extraña a sabiendas que el humo siempre estuvo asociado a estos selectos círculos de lectores. De todas las enseñanzas que la vida universitaria me brindó solo una resultó en certeza indiscutible, estaba destinado a ser un vicioso. El póker y el cigarrillo se apoderaron de mis horas de vagancia, fumaba compulsivamente durante las interminables partidas, aquella deforme agrupación de jugadores que afortunadamente conocí y que ahora son entrañables amigos de borrachera era un hervidero de jugadas fraudulentas, de imperceptibles trampas y de humo que asfixiaba a nuestras féminas espectadoras que se componían de amigas horrorizadas, enamoradas molestas y amigas cariñosas que se limitaban a observar nuestra pérdida de tiempo y de dinero en aquellas perniciosas actividades.

Pero nuestra existencia no se limitaba a estos juegos, rara vez practicábamos deporte y antes de correr irracionalmente detrás de un balón de fútbol me fumaba un cigarrillo ante las críticas de mis ahora colegas, costumbre que comparto con mi buen amigo Omar, promesa frustrada del deporte rey por ceder ante la mundanal vida y a sus relajadas delicias, entre ellas el nefasto tabaco. Pero si de excesos se trata debo mencionar los fines de semana, son dos días en que puedo consumir hasta dos cajetillas en las bohemias noches que ven su término en las mañanas de resaca, amaneceres en que mi cuerpo desecha la idea de ser un fumador aunque sea por el domingo y donde pienso no muy seriamente en dejarlo algún día.

Progresivamente probé el Camel, el Lucky Strike y otras marcas que me llevaron a una conclusión, no soy un fumador de exquisiteces, simplemente soy un fumador de Hamilton y en ocasiones de Pall Mall, aunque no niego que cuando alguna señorita me pide le invite uno de mis cigarrillos dudo en sacar mi clásica cajetilla blanquiazul para invitárselo, en ese momento reniego de mis gustos y deseo, cual mago, extraer de mi manga alguna marca más prestigiosa y menos manoseada. Y ya que he mencionado a las señoritas, quién puede negar el placer que produce el fumar un cigarrillo después de un encuentro amatorio, es la culminación ideal a minutos de excitación y de agitaciones mutuas, es el relajo después del relajo, una sensación orgásmica post eyaculatoria que alarga, mientras el fuego consume su delgada extensión, la sensación de la caída después de pasar un instante en el cielo. Nunca disfruto un cigarrillo más que en estos libidinosos momentos en que guardo silencio y boto a la basura la manzana.

Este es mi amigo el cigarrillo, él siempre me acompaña, cuando estoy por la calle sin pensar en nada productivo aparece en mi bolsillo, cuando leo lo observo consumirse en el cenicero, antes de dormir me soba las mejillas con su delicada lengua de humo y cuando escribo interrumpe el camino de las teclas, he descubierto que es irreemplazable y desinteresado, me ha acompañado en mi dolor y en mis alegrías, en mis triunfos y después de las clases de historia, en las eternas madrugadas. Me ha impregnado su esencia, aquel indiscutible rezago de su proceder, las manos y los dientes amarillos a la espera del blanqueamiento en beneficio monetario del odontólogo, el cuerpo flácido y los pulmones dañados. Nadie es perfecto, mucho menos él, pero lo necesito a sabiendas de que a pesar de ser mi mejor amigo terminará matándome, espero que ese brutal paso todavía no se encuentre en sus planes ya que todavía quiero seguir disfrutando de su presencia y compañía durante muchos años más. Termino esta confesión que seguramente molestará a mis amigos de carne y hueso al ponerlos por debajo de tan dañino hábito cancerígeno, pero para apaciguar sus furias debo decirles que ustedes no están aquí en el momento en que escribo estas tóxicas líneas, ustedes no me acompañan ahora, el único que está a mi lado es el cigarrillo, el tercero para ser preciso, una vez más me ha demostrado que inclusive se puede multiplicar y estar cuando más lo necesito, algo que ustedes, compañeros metabólicos, no pueden aspirar por ser las tres de la madrugada y porque tienen sus propios problemas.


lunes, 29 de agosto de 2016

La boca del lobo – Una mirada a nuestra olvidada historia reciente

Una película de dimensiones arguedianas, que nos remonta a un pasado reciente en el tiempo, pero lejano en nuestra olvidadiza memoria. “La boca del lobo” de Francisco Lombardi es, sin lugar a dudas, la mejor película que ha visto aparecer este extraño país amante de “asu mares” y “aventuras culinarias”. Proyectada por primera vez en 1988, en medio de voces que querían acallar la suya, el valiente filme resume en 128 minutos gran parte de nuestras deudas como país, de nuestros traumas históricos y de nuestros “convenientes” silencios nacionales. Es por ello su gran valor sociológico, educativo e inclusive artístico, dado el cuidadoso tratamiento del que fue objeto un tema tan sensible como lo es la etapa del terrorismo. En las líneas venideras no voy a presentar un argumento lineal ni reseña porque eso abunda en la red, mi intención estará limitada a rescatar el significado y los símbolos que pude extraer de la misma y de sus complejos personajes, sean estos metabólicos, paisajísticos u omnipresentes, por ello recomiendo ver el film antes de continuar el siguiente párrafo.

1. El pueblo de Chuspi. Los hechos transcurren en Chuspi, un pueblo que existe en la ficción ayacuchana, que bien podría ser cualquier rincón de la serranía debido a las recurrencias en sus atmósferas: la plaza que derrocha melancolía, el silencio de las casas de adobe, la falta de energía eléctrica, los sinuosos caminos sin asfalto, los grandes espacios solitarios de la puna, los inexpresivos viejecitos sin dientes, los niños quemados sin educación pastando sus ovejas. Allí, en medio de ese ignorado paraje, una columna senderista, después de perpetrar un ataque, atraería a un contingente militar que da inicio a los nefastos acontecimientos que componen la película. El pueblo es un personaje colectivo, este adquiere vida propia de acuerdo a las circunstancias, en ocasiones es una obediente masa patriota cantando el himno de un país indolente, en otras es un festivo grupo alcoholizado que defiende sus derechos contra el pillaje de los militares, y por último termina siendo una víctima de la injusticia y de la arbitrariedad de dos bandos en enfrentamiento. Sin embargo, hay algo que nunca deja de ser, el vivo ejemplo de cientos de comunidades campesinas que habitan en toda la extensión de los Andes, siempre postergados por sucesivos gobiernos.

2. Iván Roca: Este personaje puede ser analizado desde dos ángulos diferentes. Desde una perspectiva psicológica es un militar que arrastra tras de sí una profunda depresión y frustración ya que a pesar de haberse graduado con méritos, nunca pudo ascender de Teniente por problemas de conducta. Su objetivo primordial es demostrar su valía para las Fuerzas Armadas y para sus subalternos en pos de una promoción de grado, llegando al extremo de perpetrar masacres para ocultar sus cobardes errores, no sin antes involucrar al resto de su tropa en el delito. Si lo vemos desde una perspectiva sociológica este representa al Estado, en ese momento incapaz de enfrentar a las huestes senderistas con la fuerza bruta (ya que finalmente lo hizo con Inteligencia). Se le puede entender como una consecuencia de la improvisación y de la aplicación de la “mano dura” con la que actúa el Estado en determinadas ocasiones con resultados negativos (recordemos el Baguazo). Los métodos a los que acude para implantar su régimen y conseguir testimonios del paradero de los “terrucos” son la tortura, la amenaza, el amedrentamiento, y finalmente el asesinato de decenas de personas, entre las que se contaban mujeres y niños inocentes, los mismos que terminaron en una fosa común improvisada entre un cerro y grandes cantidades de dinamita.

3. Vitín Luna: Es un suboficial que llegó a la zona de conflicto con la intención de ganar méritos y postular a la Escuela de Oficiales. Al inicio muestra cierto desdén hacia los pobladores, sin embargo, muy rápidamente aflora su compasión. Es importante resaltar que compasión no es lo mismo que identificación, no es pues el Gonzalo Guerrero de las crónicas mexicanas, él se limita a observar y no cae en la asimilación, e inclusive también roba animales de vez en cuando para alimentar a la tropa. Sin embargo, fue el único que tuvo el valor de enfrentar a Roca cuando este, al asesinar involuntariamente a un campesino, termina ametrallando a todos los asistentes de una boda para ocultar su delito. Vitín Luna no deja de ser un personaje citadino y militar, él extraña su capital y silencia sus labios ante el pillaje y los delitos de sus compañeros de armas. Finalmente expresa su rechazo a todo lo que representa el teniente Roca, con quien se juega la vida en una espeluznante “ruleta rusa”, aquel reto en el que dos contendores colocan una bala en el tambor de un revolver y apuntándolo en la sien, disparan hasta que uno de los dos reciba el infortunio y las paredes sus sesos.

4. Kike Gallardo: El mejor amigo de Vitín Luna y el culpable directo de la masacre de los campesinos de Chuspi. Es este el personaje en el que recae toda la miseria moral de un país en descomposición, en el cual hay violaciones, vejaciones, abusos de autoridad, arbitrariedades e injusticias indignantes. Gracias a él es que la película tiene, por momentos, cierto matiz nihilista y decadente, características que la perfilan como un film que no se quedó en el objetivo mercantil, sino que muestra los rasgos filosóficos de una sociedad que permite el desarrollo de individuos como este. Él, durante su permanencia en este alejado pueblo se volvió culpable de violación sexual, de hurto y de asesinato, lo que nos hace pensar en que el hombre aflora sus peores instintos en situaciones de desesperación extrema, mas aun cuando no hay una autoridad visible que juzgue las faltas, o peor aún, cuando el mismo perpetrador la representa para beneficio de sus propios fines.

5. Julia: Una joven campesina que trabajaba de vendedora en el pueblo, era víctima constante de Kike Gallardo, quien le consumía productos y no le pagaba la cuenta. Un día en el que Kike se encontraba ebrio fue en busca de Julia y empujándola hacia el interior de su pequeña tienda la violó. Julia representa a todas las mujeres violentadas sexualmente durante la etapa terrorista que a pesar de denunciar, nunca fueron escuchadas, al igual que las casi 4300 que sufrieron de este tipo de agresión, la gran mayoría sin sentencia hasta hoy.

6. La niña de las ovejas: Una pequeña niña que alimentaba a sus ovejas, aparece como un fantasma constante que solo se limita a observar los acontecimientos en silencio. Fue la primera testigo de un ataque terrorista, la única que vio en la puna a los militares en incursión en territorio agreste, y la que observó como huía Vitín Luna. Sus tres silencios aluden, en primera instancia, al sopor de presenciar un asesinato en su comunidad; en segunda instancia, a la esperanza, al ver a los militares buscando a los culpables del terror; y en tercera, a la resignación por ver como abandona su puesto el único militar que fue capaz de desobedecer las órdenes de un líder abusivo y criminal.

7. Los terroristas: El enemigo invisible que acecha durante toda la película. Los terroristas no se materializan en un rostro, solo en actos como pintas subversivas, emboscadas, asesinatos y pillajes. Aparecen como los grandes catalizadores de los trágicos acontecimientos, pero su incorporeidad los mantiene en un favorable segundo plano de la narrativa. El espectador no llega a identificar una imagen en la que depositar sus culpas. Una posibilidad del por qué los creadores desaparecen de escena a los terroristas es para que el espectador asuma la responsabilidad que debe recaer en sus hombros, dado que el abandono de estas regiones se debe en parte al centralismo de las capitales, a la desidia de malas autoridades y al histórico abandono al que las hemos relegado por un progreso que desde la mirada occidental, es lo inverso a lo que sucede en las alturas del país.

8. El miedo: Es el compañero más fiel de todos los personajes de la ficción. Aparece entre el pueblo, que no sabe a quién obedecer porque se ven amenazados, tanto del lado de los terroristas como de los militares; aparece entre la tropa, que vive a salto de mata por los enfrentamientos con sus enemigos; aparece en Iván Roca, quien asustado manda a matar a una treintena de personas para acallar a los testigos de su asesinato; aparece en Vitín Luna, cuando obedeciendo las torcidas órdenes de su teniente, escolta a las víctimas hasta su tumba final; aparece en Kike Gallardo, quien a pesar de sentirlo, logra hacer prevalecer sus propias aberraciones; y finalmente aparece en Julia ante la inminente violación de quien debía salvarla del azote terrorista.

Si “La ciudad y los perros”, basada en el libro homónimo de Vargas Llosa, desnudó completamente al Perú mostrando sus vergüenzas, “La boca del lobo” le puso la daga en el cuello, y con cierta manía psicopática, lo terminó desollando. Un film que ningún peruano debería dejar de ver para conocer su historia reciente y ejercitar la memoria verdadera, allí donde se erigen museos en su honor.


viernes, 19 de agosto de 2016

Tres series de Netflix para no morir en vacaciones

Si has salido de vacaciones y eres de esos extraños seres que en lugar de salir a una playa paradisíaca o aquí nomas a Canta, prefiere quedarse en pijama todo el día con un buen libro y solo comer hasta reventar, pues este es tu post. Sin embargo en esta ocasión no recomendaré libros ni películas basadas en ellos, esta vez escribiré sobre algunas series que podrían interesar a las almas curiosas de historia o literatura y cuyos ojos ya están pidiendo otra sana distracción.

Camelot. Un joven Rey Arturo de cabellos rubios, criado por una familia sustituta y mujeriego como él solo, habita un castillo de Camelot en ruinas, que sirve como albergue de pobres desamparados. Hay historia, magia, códigos, batallas, sexo y engaños palaciegos por el trono. Entretiene a pesar de su única temporada, la misma que queda inconclusa en su mejor parte. Si buscas alguna serie que se acerque, aunque sea en una mínima parte a GOT, esta es la indicada, dado que se desarrolla en un ambiente medieval, con caballeros y con un incesto, que aunque involuntario, enciende la curiosidad del televidente y reminiscencias Lannister por un desenlace que nunca llegó.


Tut. El antiguo Egipto, con la majestuosidad de su imponente arquitectura, legó para la posteridad a uno de sus gobernantes más famosos: Tutankamón. La serie nos relata la vida del joven Faraón, sus escapes por las calles de la capital del Imperio, sus batallas, sus amores y finalmente su muerte. Nos muestra cómo el Visir y los Generales poderosos podían representar un problema para la consolidación del poder real. Si bien era considerado un dios, el joven Tut pudo ser borrado de la historia hasta el siglo XX, época en la que se descubre su tumba con su impresionante ajuar funerario. Tan solo tres capítulos que transportan al televidente a un mundo fenecido, sangriento y sobre todo apasionante.

Sherlock. Seguramente Arthur Conan Doyle estaría conforme con la nueva adaptación inglesa de su personaje más conocido: Sherlock Holmes, el reconocido inspector o investigador privado del gorro de cazador y extravagante pipa. Ambientada en la Inglaterra del siglo XXI, los creadores nos transportan a la famosa 221 B de Baker Street una vez más para ser testigos de las aventuras de este con el recordado Dr. Watson, su fiel asistente y amigo. Sherlock dice ser un sociópata deductivo, pero más se ajusta a un Asperger con una habilidad impresionante para identificar y enlazar detalles que para otros pasan desapercibidos. Netflix tiene tres temporadas y sus fans están a la espera de la cuarta, de la que ya salió un emocionante trailer.



Como ven, si por un momento la biblioteca personal les deja de llamar la atención, estas series pueden darles algo de aire fresco. Aunque como lo he podido comprobar, siempre volveremos a los libros, y a ser eternos lectores reincidentes. Ojalá alguna serie toque este adictivo tema en uno de sus capítulos.



Pantaleón y las visitadoras (1973) – Mario Vargas Llosa

“Mi cantar es así, para ti mujer con amor, Contamana te vio nacer, con mucho placer...”. Suena en la radio la repetitiva melodía. Un día más en la calurosa Iquitos, década de 1950. La voz grandilocuente del locutor más sintonizado, el “Sinchi”, se transmite por los altavoces de los mercados denunciando las recurrentes violaciones de las que son víctimas las jóvenes loretanas por parte de soldados del Ejército Peruano. Ante tal situación, altos mandos de la institución envían a uno de sus más prometedores oficiales a poner fin al proceder sicalíptico de sus tropas. Su nombre, Pantaleón Pantoja, un intachable Capitán, quien con esposa y madre de escolta, llega a esta ciudad a cumplir una sacrificada misión secreta: implementar un servicio de “visitadoras”, que en cristiano significa prostitutas, para que brinden “prestaciones”, es decir, encuentros sexuales, al personal del Ejército destacado en las profundidades de la selva peruana.

Fiel a una férrea tradición, Pantaleón Pantoja es un oficial obsesionado con el cumplimiento del deber “sin dudas ni murmuraciones”. Educado en el seno de una familia que lo formó con altos valores cívicos, morales y militares, la misión le resulta al inicio odiosa dado que sus costumbres lo han mantenido alejado de frecuentar lupanares, meretrices, ebrios o lugares de mal vivir. Sitios que tendrá que empezar a pisar para poder cumplir con las órdenes que le han sido encomendadas y de la cual depende la canalización de los bajos instintos de los soldados violadores: fundar el Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines (SVGPFA), el mismo que inicia operaciones el 04 de agosto de 1956 (curiosamente, el día y el mes de mi santo cumpleaños). Con el tiempo y contra todo pronóstico, el capitán Pantoja convertiría este servicio en la célula más eficiente de la institución castrense debido a sus innegables cualidades administrativas.

Acompañado principalmente del chino Porfirio, “Chupito” y su pareja “Chuchupe” (una antigua “mami” prostibularia que era responsable de reclutar a las féminas para el servicio), de dos soldados homosexuales (elegidos por su “indiferencia ante el sexo opuesto”) y de otros personajes secundarios, aborda la embarcación Eva o la avioneta Dalila para llegar a las bases militares con su preciada carga: mujeres para que los soldados puedan satisfacer sus necesidades sexuales a vista y paciencia (y con presupuesto) de las gloriosas Fuerzas Armadas. Evidentemente algunos sectores están en desacuerdo con esta pecaminosa actividad, como el General Scavino o el Padre Beltrán, este último un sacerdote castrense que vive horrorizado con las actividades secretas que lleva a cabo Pantoja. La trama transcurre entre una serie de sucesos que acontecen paralelos, como la expansión de un culto religioso que crucifica animales, la hermandad de Francisco, que finalmente se ve envuelta en homicidios, incluido el de Olga Arellano, alias “la Brasileña”, una despampanante mujer que puso en aprietos a Pantaleón Pantoja dado que se convirtió en su amante y la causante de su separación matrimonial.

La novela, por momentos cómica y satírica, denuncia la hipocresía que se esconde tras el conservadurismo de las instituciones tutelares como el ejército y la iglesia, así como de la sociedad. En el primer caso porque es el propio ejército quien organiza el servicio para después negarlo; en el segundo porque al final se insinúa a Beltrán acostándose con una prostituta; y en el tercero porque la vecindad loretana soporta a las “lavanderas” clandestinas (meretrices que van de puerta en puerta ofreciendo sus servicios), pero no perdona el escándalo público de una empresa de putas organizadas. Por otro lado, desenmascara el trágico destino de los varones débiles ante el cuerpo femenino, que terminan sucumbiendo a sus mágicos encantos. Hasta el hombre más fiel, representado por Pantaleón Pantoja, cae rendido ante los atributos físicos de “la Brasileña”, una mujer que reproduce el estereotipo de la mujer fatal y selvática, asociada injusta pero tradicionalmente a la lujuria extrema y al sexo insaciable, gracias a una supuesta voluptuosidad producida en sus cuerpos por la exposición al calor extremo de nuestra hermosa Amazonia y a sus bebidas afrodisiacas. Por último se hace alusión al poder corruptor del dinero en los medios de comunicación, es el caso del “Sinchi”, el periodista más respetado de Iquitos que extorsiona para omitir e incluso defender el servicio de visitadoras en su espacio radial. No hay duda que Vargas Llosa explota su amplia experiencia putañera adquirida en las siete cuadras del antiguo jirón Huatica en sus épocas de adolescente.

Tal como “La ciudad y los perros”, esta obra ha sido llevada al cine. Para este post vi la versión de Francisco Lombardi de 1999, donde la madre de Pantaleón, Leonor, es inexistente, así como el culto de la hermandad de Francisco y sus crucifixiones. En la versión cinematográfica La Brasileña se transforma en La Colombiana, personaje interpretado por Angie Cepeda, quien logra personificar toda la exuberancia del relato “vargallosiano” y poner en apuros anatómicos a un privilegiado Salvador del Solar que da vida al mentado Capitán. Sin embargo, a pesar de las diferencias, Lombardi logra rescatar la esencia de la novela y poner en pantalla los elementos antes descritos, por lo que logró llevar al cine no sólo el producto del ingenio del autor, sino a miles de personas atraídas tanto por ver el resultado de su imaginación literaria así como las escenas de sexo que se reproducen, a mi entender un tanto excesivas en número, y que desvirtúan en proporción mínima a la película colocándola por debajo del libro.

Una lectura que recomiendo para introducirse en el universo literario de Mario Vargas Llosa, que combina denuncia con picardía, y que hace pensar en El Dorado, aquella ciudad resguardada por Amazonas que escondía tesoros incalculables. Varguitas inventó uno de estos paraísos para las almas impunes y descaradas que gustan de los placeres mundanos de la carne comerciada, Pantilandia, con su mítica Brasileña (llamada así solo porque vivió algunos años en Manaos), y a la que, por su abnegada labor, se le rindieron honores militares cuando dejo nuestro mundo y se fue al lado de sus pares inmortales, como casi todas las creaciones del afamado escritor.

Descansen soldados, pero quiten las manos de sus bolsillos.



viernes, 5 de agosto de 2016

House of Cards BBC (Trilogy)

Al pasar mis cortas vacaciones confinado a un mueble por el resfrío, con la nariz enrojecida, los ojos pesados, dolor muscular, tapado con una frazada y con la única misión en la vida de alimentar a mis gordas gatas, tuve que resignarme a ver televisión. Pero como todo en el Perú es PPK y sus bailes (como si no hubiera nada más importante en el Gobierno), los golpes de Guty (provecho con las facturas), Pokemón Go (Dios mío ayúdame) y las pataletas fujimoristas (sin comentarios), decidí enfocar mi atención en buscar algo que me devolviese las ganas de vivir. Pues bien, lo conseguí, a pesar de todo. Sin embargo, al igual que yo (y no me enorgullece decirlo), para todo aquel que siente que la vida no tiene sentido dado que terminó la sexta temporada de Game of Thrones (y goza del beneficio de tener una cuenta en Netflix), le puedo dar un agradable respiro gracias a mi tardío descubrimiento. Si extrañan, tristes almas en pena, las traiciones palaciegas, el sexo como catalizador de la política, los asesinatos para conservar el poder, y ser seudo cómplices de maldades y abusos dignos de una condena penal, digiten esto en su buscador: House of Cards BBC.

Si la versión estadounidense protagonizada por Kevin Spacey, aún inconclusa, me dejó asqueado pero de placer televidente, la británica, con Ian Richardson, pensando que sería sobria y aburrida como se supone lo inglés, me hizo regurgitar lo necesario para seguir con mi gula y festín. El elegante Francis de Inglaterra, apellidado Urquhad, es de lejos, mejor que el Underwood yanqui. Y no lo digo por haber estudiado el inglés de la Reina Isabel, sino porque casi siempre, y este es el caso, lo original le lleva ventaja a las nuevas apariciones. Transmitida en los noventa, House of Cards (BBC) narra el ascenso de Francis Urquhad desde el Parlamento hasta ser uno de los sucesores de Margaret Thatcher, es decir, Primer Ministro de su Majestad la Reina de Inglaterra. Si en la versión americana vemos a un Francis Underwood en la Sala Oval de la Casa Blanca decidiendo el destino del mundo, en la europea tenemos a Francis Urquhad, que se enfrenta a la monarquía británica en el mismísimo Palacio de Buckingham, extorsionando y amenazando a una realeza rancia e idealista, muy alejada de los ideales del Partido Conservador, al que él representa, y en cuál, tiene a sus más acérrimos enemigos.

Al igual que en la entrega más reciente, el protagonista dirige sus palabras a la cámara, entablando un diálogo moral (o inmoral) con el espectador, que se queda atónito al ser partícipe de sentimientos inexistentes al ver cómo se consuman injusticias y atropellos. Si son mamíferos de sangre caliente, es mejor abstenerse de seguir sus doce capítulos, pero si corre por sus venas algo de sangre fría, esta será una de sus producciones de culto. Una vez más Maquiavelo aparece televisado, utilizado magistralmente para la obtención y la conservación del poder a cualquier precio. Dejo a su juicio el veredicto final, para mí es mejor la versión inglesa, pero si se lo dijera a Francis Urquhad, él en su forma más irónica diría lo siguiente: “Usted bien podría pensar eso, pero yo no podría comentarlo”. Que pasen una buena madrugada.


domingo, 26 de junio de 2016

El “derecho al olvido” en la Resolución Directoral 26-2016-JUS/DGPDP ¿Peligros para la historia y la memoria colectiva?

El 13 de mayo del año 2014 una sentencia calificada como histórica del Tribunal de Justicia de la Unión Europea ordenaba a Google que retirase de sus motores de búsqueda las referencias de un ciudadano español cuyo nombre estaba asociado a una subasta por deudas a la seguridad social que a la fecha ya estaban solventadas. El reclamo de este ciudadano, a todas luces justo, consistía en que la filial de Google en España deje de indexar su nombre dado que carecía de relevancia que sus datos personales estuviesen eternamente asociados a un evento sucedido en 1998 y que afectaban su derecho a la privacidad.

Esta sentencia sentó las bases para que cualquier ciudadano de la Unión Europea pueda solicitar a Google la eliminación de sus datos personales de sus motores de búsqueda, siempre en cuando la información no sea de personas ligadas al ámbito público o sea de interés general para la sociedad. Asimismo, esta sentencia generada a partir del denominado “Caso Costeja” sirvió como jurisprudencia para que países como México también apliquen el mismo criterio que el español, evidenciando una práctica societaria de la transnacional Google de entorpecer los procedimientos administrativos nacionales, elevando hasta instancias judiciales su derecho a la defensa.

En el Perú funciona la Dirección Nacional de Protección de Datos Personales, adscrita al Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, la misma que durante la última semana ha estado en el ojo de la tormenta debido que se hizo pública la R.D. 26-2016-JUS/DGPDP (11-03-2016), la misma que confirma la RD.  45-2015-JUS/DGPDP (30-12-2015). Ambas resoluciones nos remiten a un proceso penal que se inició en el año 2009 sobre los supuestos delitos contra el pudor público en los que un ciudadano peruano habría incurrido y del cual salió absuelto dado que el Quinto Juzgado Penal de Lima no encontró las evidencias suficientes para condenarlo.

Aquí comienza esta historia. Dicho ciudadano pretende hacer uso de un derecho constitucional consagrado en el artículo 6º de la Constitución Política del Perú (nuestra ley suprema a pesar de ser fujimorista) que dice lo siguiente: A que los servicios informáticos, computarizados o no, públicos o privados, no suministren informaciones que afecten la intimidad personal y familiar.” Surge la interrogante: ¿Cómo podemos hacer uso de este derecho amparado por la Constitución si aparecemos en Google cada vez que deletreamos nuestro nombre sin haberlo autorizado? Este ciudadano, ante la negativa de Google Perú de retirar las coincidencias de su nombre de su motor de búsqueda acudió a esta Dirección y su reclamo fue escuchado, y por ende, su derecho restituido.

Sin embargo, la publicación de la resolución y las altas multas que debe pagar Google por obstaculizar en forma sistemática el ejercicio de los derechos fundamentales de esta persona, así como por desconocer los derechos de cancelación y oposición del ciudadano peruano deja abiertas algunas preguntas para la convivencia de la sociedad peruana. ¿Es acaso esta resolución el inicio de la elaboración de mordazas contra la libertad de expresión e información que gozamos en la actualidad?; ¿cómo podemos evaluar, por ejemplo, a los candidatos al Congreso si no sabemos cuántos procesos penales tienen abiertos o incluso cerrados?; si somos empleadores, ¿no nos interesa conocer el pasado de nuestros potenciales trabajadores?; ¿podemos los historiadores escribir Historia (así con mayúscula) referida a procesos coyunturales o de “historia reciente”?

No hay duda que estamos en el límite de una triple y delgada frontera, en la cual, por un lado, están los derechos a la privacidad de una persona, del otro, los derechos al acceso a la información, y por último, la conservación de la memoria colectiva en la web. También, y ampliando las interrogantes que deberán resolver los entendidos en Derecho, ¿se aplica, por extensión o supletoriamente a las empresas, a las instituciones, a los aspirantes a políticos (que aún no pertenecen a la esfera pública) o para ex reos o investigados por corrupción?

Esta resolución, así como la española y la mexicana (ambas del 2014) sienta un precedente importante en el Perú no solo para el mundo de los abogados sino también para los historiadores y periodistas, dado que muchas de sus investigaciones no podrán ser rescatadas a través de medios digitales siempre en cuando algún “afectado” quiera hacer uso de su “derecho al olvido”, es decir, el derecho que goza cada persona de solicitar que se borre, bloquee o suprima información que carezca de “relevancia” o que se considere “obsoleta” y que de alguna manera afecte sus derechos fundamentales.

Vivimos en una sociedad en supuesta “reconciliación” (hasta le han erigido un museo), pero si se manipula el presente para ocultar las verdades del pasado corremos el riesgo de que la verdad llegue sesgada. Teniendo en cuenta que la principal fuente de información para las generaciones actuales se ha trasladado de los libros a la Internet, se debe ponderar cuál es el verdadero alcance de estos fallos y la repercusión en el derecho a la información de países tan golpeados como el nuestro por el peso de nuestra historia reciente, aquella cuyo desenlace aún está por definirse en tribunales administrativos, constitucionales, juzgados, salas o cortes.

El fin de esta historia aún está lejano. Google, según las fuentes consultadas, apelará esta resolución y buscará elevar el proceso a una instancia judicial donde se definirá, esperemos finalmente, el destino de las búsquedas en Internet como actualmente las conocemos, al menos en este buscador global.

Dejo algunos enlaces para los que quieran ahondar en el asunto (todos consultados el 25-06-2016):


AGENCIA ESPAÑOLA DE PROTECCIÓN DE DATOS
Derecho al olvido.


DIRECCIÓN NACIONAL DE PROTECCIÓN DE DATOS PERSONALES
R.D. 045-2015-JUS/DGPDP


EL ABOGADO DIGITAL
El derecho al olvido y Google


GESTIÓN
Google es sancionado en Perú por desconocer el derecho al olvido


HIPERDERECHO

¿Por qué se ha sancionado a Google en el Perú?

Google es sancionado por primera vez en Perú por desconocer el derecho al olvido

¿Cómo respondió Google a la sanción de la Dirección de Protección de Datos?


LA REPUBLICA
Perú sanciona a Google por primera vez por desconocer el 'derecho al olvido'




domingo, 1 de mayo de 2016

The Walking Dead Cholo

Cuando abrió los ojos todo había terminado. Había estado muerto durante la noche y sus piernas, automáticas, sólo conocían una dirección. En su mente no existían los recuerdos del ayer y no entendía la razón de su paradero. Desorientado, sucio, y con unas ganas terribles de consumir cualquier elemento líquido, así fuera sangre, se tambaleaba por entre la pista y la vereda, en un zigzagueo desesperado por encontrar una explicación. Las personas lo miraban extrañados y evitaban cruzarse en su camino. Su apariencia era atroz, el rostro desencajado, las manos sucias y un botón arrancado de la camisa. Sin saber cómo dio a parar en aquella calle notó que la conocía, había pasado cientos de veces por allí y concluyó que alguna fuerza extraña lo guió y lo puso a buen recaudo. Revisó sus bolsillos. Su mundo había cambiado desde aquel instante silencioso, se dio cuenta que a pesar de su estado moribundo, sin celular ni billetera, era un sobreviviente.

A pesar de que en su cabeza sólo existían dolor y confusión, al primer sorbo de Coca Cola pequeños retratos se dibujaron en su dañada memoria. Todo fue demasiado rápido, la música, el reencuentro con viejos amigos, la decisión de ir a libar a cualquier disco de la avenida La Marina. Una boleta en su bolsillo le dio la primera pista: Big Bar. Poco a poco recordó el taxi, la entrada a la disco, el licor pagado con la gastada tarjeta de crédito Visa. Una mujer lo había mirado con lascivia invitándolo a bailar. Él se acercó. Su amigo de borrachera, cogiéndolo del hombro le dijo: "Huevón, ten cuidado, es el Big Bar, está lleno de peperas". A Naldo no le importó y a ritmo de Víctor Manuel empezó con su torpe y etílica danza: "Por ella por ella, por ella por ella, por ella por ella... Por ella por ella, por ella por ella, por ellaaaaaa". Stop. Una hora más tarde, Isaac, su amigo y consejero, se movía, ebrio y con las manos en alto, al ritmo de Ricky Martín: "Go go go, alé alé alé, go go go, alé alé alé, arriba va, el mundo está de pie, go go go, alé alé alé". Eran pues, dos hombres en juerga, con dos desconocidas que ya estaban en su mesa y bebiendo de sus cervezas servidas en jarras de veinte soles.

Sin noción de su tiempo y dirección, Isaac y Naldo salieron del Big Bar. Los vigilantes los vieron: "Van allí dos zombies, sin saber a dónde, ni cuándo, ni cómo, ni por qué". Detrás de ellos salieron sus eventuales acompañantes, le entregaron algo de plata a los vigilantes y se fueron sin remordimientos. Momentos antes una pastilla había caído adrede en los vasos de Naldo e Isaac. Una inodora y peligrosa dosis para olvidar y caer en la inconsciencia. Los amigos se separaron sin darse cuenta, sin norte fijo, drogados sin querer, y bolsiqueados en sus propias y borrachas narices feromínicas. Naldo nunca supo cómo apareció en aquella conocida calle, tan cerca de su casa. Fue un zombie durante una madrugada, y milagrosamente, un vivo al amanecer. Una semana después Isaac le contó que tampoco recordaba nada: "Son cosas que pasan en el barrio fino, ya fue". Un año después de estos acontecimientos, Naldo volvió sobre sus huellas. Sentado en el Big Bar con un amigo medio loco reconoció a las culpables de esta historia: "Manya brother, esas son las flacas, las peperas". Pero esa es otra historia, y algún día será contada.

En la vida real el Big Bar cerró sus puertas, y sus peperas, se dice, migraron en manada a las discotecas allende la pista, la cual, los fines de semana, se puebla de cadáveres que caminan, sin un norte fijo, sin saber dónde, ni cómo, ni cuándo, ni por qué. Paz para estas pobres almas en pena que hasta hoy siguen pululando por ayuda y que con el cambio de las modas, caen rendidas con el fondo musical del "Baile del totó", canción fúnebre que retumba en sus cabezas, cuando al revisar sus bolsillos, se dan cuenta del ultraje de sus pertenencias y de su falsa hombría de borrachos seductores.


Una década después Naldo ya no acude a estos templos del exceso, e Isaac, según palabras del más allá, deambula por salsódromos de La Victoria. "Son cosas, pues, que pasan en el barrio fino", cree, será su epitafio al final de sus verdaderos días. "La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios". Buenas noches.


domingo, 17 de abril de 2016

House of Cards

El mundo es un lugar hermoso habitado por seres infames. Esa es la conclusión a la que llego luego de terminar la cuarta temporada de House of Cards, una conocida serie de Netflix donde se desnuda la forma de hacer política de los Estados Unidos de Norteamérica, y por qué no, también de la peruana, con sus intrigas palaciegas y negociaciones por debajo de la mesa. Frank Underwood y su esposa Claire son los protagonistas de este drama político. Juntos forman una dupla indisoluble y maquiavélica, y llevan a cabo los más bajos y viles métodos para llegar cada vez más arriba, en una escalada meteórica que emprenden sin detenerse hasta sentar a Francis, como ella lo llama, en la Sala Oval de la Casa Blanca y ser el hombre más poderoso de la Tierra, y ella, la Primera Dama de la Nación.

El catalizador de los eventos se dio en el 2013, cuando este fue dejado de lado en la formula presidencial del Partido Demócrata de EE.UU. El presidente electo le había prometido ser Secretario de Estado, pero desde que asumió el poder, prefirió dejar a Francis como un elemento negociador y de control en el Congreso, dados sus conocidos antecedentes y la facilidad que tenía para convencer a sus opositores, sea para conseguir votos para modificaciones legislativas, traicionar ideales partidarios o conseguir adeptos en desmedro de promesas electorales.

Sus creadores no pudieron pensar en un personaje más siniestro sentado en aquella histórica sala. Francis es un bisexual que en el pasado alquilaba jovencitos de bajos recursos para satisfacer sus reprimidas necesidades sexuales; no tiene remordimientos para asesinar a sangre fría a los que se interponen en su camino; soporta que dos artistas seduzcan a su esposa, a tal punto que uno de ellos, un laureado escritor, se acueste con ella en la mismísima Casa Blanca para terminar, cínicamente, sirviéndoles el desayuno; no reparó en practicar un trío sexual con ella y su guardia de seguridad, un joven patriota que llegó al extremo de dar su propia vida por él y por su investidura; y en el paroxismo de sus pútridos excesos, utilizar la muerte inducida en secreto de su suegra para impulsar a Claire como su vicepresidenta, quien una noche antes le había proporcionado las gotas letales en su propia boca. Son, sin lugar a dudas, aguas servidas del mismo buzón.

Y es que Francis Underwood siempre consiguió lo que quiso a cualquier precio. Los ideales de libertad que propugna la democracia aquí son pisoteados y utilizados para asegurar los intereses de transnacionales y líderes políticos corruptos. Rusos, chinos, sirios y demás transitan en este oscuro acertijo de relaciones internacionales, pozos petroleros, centros de operaciones militares y terrorismo global. La muerte como arma de control social y catalizadora de adeptos, la vigilancia interna de los ciudadanos, los abusos del poder político y la extorsión a otros políticos y militares son sus métodos preferidos para detentar ese poder omnímodo que da la presidencia de la primera potencia mundial. Por su oficina desfilan periodistas, empresarios, republicanos, operadores políticos y hasta su antiguo cocinero de nombre Freddy, el único que se atreve a llamarlo por su nombre e increparle que ve a las personas como objetos de su propiedad, mandándolo a la mierda dentro de la propia Casa Blanca.

Si bien es un relato ficticio, hay una verdad innegable: la política es el terreno perfecto para satisfacer las necesidades megalómanas de los seres humanos más ambiciosos. No hay lugar más adecuado, las relaciones más recomendables, ni los premios más deseados y jugosos que en la política. Así ha sido desde los albores de la civilización, cuando el primer sacerdote descubrió que prediciendo los movimientos de los astros obtenía el poder sobre los hombres, hasta los pasillos de la Casa Blanca, donde se dictan las políticas que mueven los hilos del mundo occidental contemporáneo.

“Vamos a crear terror” es la frase final de la pareja Underwood, quienes en la cima del mundo, quieren más. Nada raro siendo seres humanos, nosotros, siempre queremos más, y por eso gozamos tanto de sus logros. Así digamos en nuestra hipocresía que los aborrecemos, en el fondo, estoy seguro, que muchos los estamos envidiando. Quedo a la expectativa de la quinta temporada. Mientras seguiré viendo nuestra propia producción nacional, nuestra serie política de terror, aquel drama político de la vida real, en la cual, la hija del más grande corrupto de nuestra historia tiene las preferencias electorales para llegar a la presidencia de la República del Perú, su hermano, probablemente sea el Presidente del Congreso, y su bancada, la de mayoría en el Parlamento de la Nación. Como ven, estimados lectores, la realidad supera largamente a la ficción.

Tengan un buen domingo, y almuercen sin vomitar.


jueves, 10 de marzo de 2016

El sicario y su malcriada del Trome

Un sábado cualquiera. A las siete la oscuridad reinaba en el cielo del Callao. La canchita acogía a los futbolistas de losa, que embriagados la utilizaban como baño público. Transcurría así la eterna jornada de licor sabatina. Los tíos del barrio, viejos oficiales de la Marina retirados, habían empezado con la "chancha", como llamaban a recolectar el dinero para la compra de cerveza. Eran cuatro antiguos referentes de la comunidad, cuyos funerales serán, seguramente, apoteósicos. Dos cajas vacías y abandonadas quedaron varadas en la tribuna de la canchita de Proción, su barrio, a la espera de que el guachimán las recoja al día siguiente.

Uno de ellos le dijo: "Naldo, vao' a seguirla a otro lao' ". Compraron seis Pilsen y se fueron a una esquina. Al viejo zorro le decían "Turbo", porque según sus compañeros de promoción naval, se llevaba con total desparpajo la gasolina que debía administrar durante sus años de oficial. "Tienes que aprovechar sobrino, la vida se acaba y los hijos crecen". Naldo encontraba en Turbo y en los demás viejos una conversación interminable y etílica. Le gustaba escucharlos discutir de política y renegar de los rojos, de los cholos, de los choros, de las mujeres de la vida, y verlos caer uno a uno, por el avance del alcohol en su sangre. Él, sin embargo, con un cuerpo treintañero, duraba hasta el final y casi siempre terminaba en otro lugar rodeado de gente más joven, hasta las últimas consecuencias.

Fue aquel día. Los viejos, así como los niños, ya estaban en sus camas. Él, avanzado de copas, fumaba un cigarrillo en la puerta de su casa revisando los mensajes de su celular. Su amiga Jadiel, una mujer de casi su edad lo abordó: "Naldo, por qué tan solo, vamos donde mi yunta, hay música, casa sola y trago gratis". En unos minutos ya se encontraban en su vehículo. Ella manejaba a gran velocidad, pasando justo por el frente de la comisaría de la Ciudad del Pescador. "Acá chambea un punto que me levanto así que normal, por eso no me paran los tombos", dijo ella. A Naldo no le sorprendió porque todos en el barrio sabían que Jadiel era la culpable de que sus hermanos, dos prontuariados delincuentes, no estén en la cárcel, gracias a que se acostaba con un alto oficial de la PNP.

Jadiel no era una mujer guapa, pero era dueña de un cuerpo voluptuoso. Sus senos proporcionados y redondos, cintura pequeña y grandes nalgas la hacían dueña del perfil chalaco de la "jerma rica", como para un vacilón. Llegaron a la casa de su amiga. Un hombre moreno de dimensiones gigantescas les abrió la puerta. "Habla batería, a ver ese culo", dijo dándole vuelta a Jadiel, como en un baile de salsa. "Oye pendejo, deja de joder a mi causa. Habla polilla, te dejas ver a los años", dijo su acompañante femenina que salía de un cuarto muy oscuro. Era de anatomía también privilegiada pero de un rostro más agraciado que el de Jadiel, convertida en polilla (mujer de mal vivir) gracias a ésta. Una lata de cerveza en la mano derecha y un cigarro Lucky convertible en su izquierda delataban que habían empezado la encerrona sin ellos. A Naldo le pareció conocida.

El hombre se acercó a Naldo y le preguntó si era un "soplón". En lenguaje vulgar, un soplón es sinónimo de policía. Naldo, envalentonado por el alcohol ingerido le respondió violentamente: "No soy huevón, si fuese tombo no vendría a tu jato". El sujeto lo miró contrariado. "Causa, tú no me conoces, pero por lo visto eres rata", le dijo. "Brother, no hay que ser adivino para saber a qué te dedicas, tu fierro está sobre la silla, me gustaría saber tu nombre, el mío es Naldo". Y cogiendo un cigarrillo le pidió fuego. "Llámame Matán. Rata, ese fierro es mi herramienta de trabajo, imagino que lo sabes". "Lo intuyo", respondió.

Las mujeres bailaban con sus latas en la mano, la radio emitía Sorpresas de Ruben Blades, aquella olvidada segunda parte de Pedro Navaja. Matán miraba con lascivia a su mujer, que en un descuido dijo su nombre: Francesca. Ella, bien entrada la madrugada sacó un cuadro de su habitación. Era su imagen semidesnuda, con hilo dental y un sostén diminuto estampada en la última página del diario El Trome. "Yo he sido una Malcriada", dijo orgullosa inflando el pecho. Naldo se lo pidió, lo miró de cerca, y efectiva pero inexplicablemente recordaba aquella contraportada. Según la fecha, había aparecido cerca de un año atrás, por ello la sensación familiar que experimentó al ver el rostro medio "apirañado" de la ebria que tenía al frente. "No la mires mucho causa, no seas muy rana", dijo Matán, tomando un gran sorbo de cerveza.

Ya era demasiado tarde, la luz entraba por la rendija de la única ventana de la casa. Los había sorprendido un triste amanecer invernal. El negro Matán había confesado su precio. "Mil soles causita y no la cuentan. Yo tengo los contactos y me gano mi comisión a veces, avisa nomás y salgo a chambear, yo también he quemado a varios punteros, pa' mi la vida no vale nada, business son business rata, la calle está dura". Y sin previo aviso, intempestivamente, se lanzó sobre Francesca y la empezó a besar, como si el hablar de asesinatos a sueldo lo hubiese exitado, la cargó y la llevó al cuarto oscuro que les servía de nido de amor. "Este es mi macho carajo, llévame a tirar", dijo ella entregándose al placer mañanero alcoholizado.


Naldo, exhausto, dejó a Jadiel dormida en su auto, emprendió su solitario retorno, y tambaleándose logró llegar a su cama, después de sortear peligrosas calles y avenidas. La gente lo miraba y se apartaba de él dado su evidente borrachera, los ojos reventados, las manos amarillas de tanto fumar. El domingo lo despertó cerca del mediodía. Jadiel pasó con su auto por su calle y lo saludó al paso, al parecer había dormido tranquila debido a que su tombo la acompañaba de copiloto. Sus recuerdos eran borrosos, revisó sus llamadas perdidas y entre sus contactos encontró un nombre: Matán. Un escalofrío estremecedor le recorrió la piel. Borrando el peligroso número de su celular se quiso olvidar del sicario y su malcriada, quienes siguen viviendo en el Callao y en el plomo alojado en el interior de sus inocentes víctimas, muertas a destajo por cobardes que no se atreven a disparar con sus propias manos.


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