lunes, 18 de abril de 2011

La pornografía del intelecto: El Trocadero del Callao

Aclaración:
Todas las personas que me conocen saben que mi alter ego literario es Naldo Perpet, personaje recurrente en este blog creado para narrar vivencias y para imaginar fantasías, pues bien, esta es una historia repleta de las últimas, a excepción de los lugares y las sensaciones. Estas fantasías fueron creadas a partir de algunos testimonios y de experiencias personales en distintas etapas de mi vida y no necesariamente son absolutamente verídicas. Naldo no es Luis Chávez Lara.

Advertencia:
Las descripciones explícitas de las escenas de sexo mezcladas con la crudeza de las palabras que utilizaré ameritan una advertencia ya que lo que menos se busca es herir susceptibilidades, es por eso que se aconseja no leer lo siguiente si no es de una mente abierta a este tipo de literatura muchas veces criticada porque muestra morbo y degradación en vez de esperanza y aportes significativos. Por otro lado es un acercamiento al mundo de la prostitución y a la psicología del usuario comúnmente llamado parroquiano.

Justificación:
Si los grandes escritores han escrito sobre estos lugares, por qué yo, un simple, desconocido y neófito blogger no puede. Pues ya lo hice y ahora pagaré las consecuencias.


Narración:
Era domingo al mediodía y Naldo salía de un cajero con 1500 soles que le habían caído prácticamente del cielo. La mañana era calurosa y el ánimo propicio para lo que venía evaluando semanas atrás. Cogió su teléfono y marcó un número.

- Aló Metálico.
- Habla Naldo, ¿dónde estás?
- Brother, tengo 1500 soles para gastar, habla, dime si puede ser hoy.
- Claro pues, pero me prestas, estoy sin plata. Vienes a mi casa a las 3 de la tarde.
- Perfecto, hablamos – finalizó Naldo con una ligera sonrisa en los labios.

Llegó puntual, Metálico acababa de lustrarse las botas negras, se ajustaba el cinturón y se probaba un polo de Iron Maiden. Naldo experimentaba una extraña sensación de ansiedad que había intentado disimular con cuatro cigarrillos en casi una hora.

- Metálico, ¿y cómo es la vaina?
- 15 lucas la entrada y 30 el polvo – respondió muy suelto de huesos.
- Osea con todo y taxi 50.
- Sí, pero no seas duro pues, allí nos metemos unas chelitas antes para entrar sazonados.
- Puede ser. Brother, estoy palteado, ¿y si hay algún conocido por allí?
- No creo, además si llegas a ver a alguien seguramente se hará el loco, a nadie le gusta admitir que ha acudido a esos lugares, sin embargo todo el mundo lo ha hecho al menos una vez en su vida.

Metálico tenía razón, rápidamente Naldo había hecho memoria y confirmaba la improvisada estadística de su amigo, en efecto, el 90% de sus amigos habían tenido alguna experiencia sexual a cambio de dinero, es decir habían acudido a una prostituta. Inicialmente Naldo había planeado hacer esta incursión en este submundo para realizar un breve ensayo que titularía “Investigación socio – sexual del Trocadero del Callao”, pero con el pasar de los días se dijo a sí mismo: “Que esa chamba la hagan los sociólogos, de esta experiencia yo solo quiero hacer literatura, no estudios con aspiraciones académicas”.

Tomaron un taxi con destino a la avenida Argentina en el Callao. El conductor, un viejo zorro chalaco de unos cincuenta otoños decía haber sido un asiduo visitante del lugar hacía muchos años.

- Sobrino, si eres chalaco y te respetas como tal tienes que conocer el Trocadero. El que se diga chalaco tiene que reunir algunos requisitos: Bailar salsa, ser del Boys, tener “calle”, enterrarse en el Baquíjano y haber visitado este templo del placer al menos una vez.

Los tres se echaron a reír mientras entraban por un acabado portón de madera. El camino parecía llevarlos hacia un depósito de contenedores debido a los camiones y al piso de tierra y piedras que reciben a los visitantes. A unos 100 metros el asfalto regresó y el auto dobló hacia la izquierda. Entraron en un amplio parqueo desde donde se podía ingresar a dos prostíbulos: El Botecito y el Trocadero.

- Naldo, vamos de frente al Trocadero, es más caro pero hay más variedad.
- Ya pues, ya sabes que quiero una de mi edad y si es morena y voluptuosa mejor.
- Allí encontrarás lo que quieras, hay como 80, aunque creo que son más, fácil y superan las 100 mujeres.

Se bajaron del taxi mientras el viejo conductor les dirigía una rápida mirada libidinosa a través del retrovisor. Caminaron hacia la entrada y pagaron 30 soles por los dos para ingresar. Un descuidado portero los recibió y les arrebató los tickets. Metálico, acostumbrado a visitar el Trocadero sirvió de guía a Naldo.

- Mira, hay tres pabellones, el principal está a la derecha, allí hay dos pisos y una avenida central donde hay banquitas, allí nos podemos meter unas chelas antes de hacerla con las putas, los otros dos prefiero llamarlos pasillos pero son igual de largos y solo tienen un piso.

Naldo entró al antiguo recinto e inmediatamente sintió aquel tufillo característico del placer y del amor fingido, aquel que inunda los prostíbulos, una mezcla de perfumes baratos, de maquillaje excesivo y de fluidos eyaculados. Levantó la mirada y observó a aquellos hombres de toda condición, allí había delincuentes, padres de familia, solitarios, jóvenes en grupo, solterones, infieles, profesionales, en fin, era un espacio de miradas esquivas y de rostros olvidables, irreconocibles al salir de la puerta, de esos que sugieren pronunciar la frase “nunca me viste”. El ambiente estaba iluminado por focos tenues del color de la pasión cuyas luces se veían interrumpidas por el humo de los cigarrillos que acostumbran consumir los que ya satisficieron su necesidad sexual. No había elementos decorativos, no eran necesarios, las mujeres eran suficientes para distraer la vista y para poco a poco llamar a la erección al miembro de los parroquianos sedientos de sexo. Las meretrices, orgullosas de ejercer la profesión más antigua del mundo, dirigían miradas llamativas y seductoras, sacaban la lengua, mostraban el trasero cubierto solamente por hilos de distintos colores, uno más diminuto que otro, otras mostraban sus abultados y carnosos pechos, algunos producto del implante de siliconas y otros por obra de la naturaleza que fue generosa con su físico mercantilizado.

Los pasillos parecían interminables, con puertas en cada lado, y en cada una, una mujer dispuesta a acostarse con el primero que se le acerque y que posea 30 soles en el bolsillo. Naldo estaba impresionado al ver tantas mujeres, pensaba que muchas de ellas eran muy bellas, no era capaz de concebir que se dedicaran a ese trabajo, quizá muchas tengan necesidades que satisfacer y bocas que alimentar y no habían encontrado mejor forma de ganar dinero que vendiendo sus cuerpos, algunos ya malgastados por años de descuidados clientes. Pero en fin, a los ojos de los parroquianos eran solo mercancía que podían consumir cuando quisiesen, pedazos de carne con los cuales satisfacer desde una tranquila conversación hasta sus aberraciones sexuales más inimaginables, estaban pagando su dinero y tenían que recibir el producto de su inversión, era así de sencillo.

- Bueno, llegó el momento de separarnos, elige una y cuando termines nos encontramos en la puerta para quitarnos – dijo Metálico al terminar su segunda lata de cerveza.
- Está bien, ya vi una que me gusta, pero es blanca y castaña, no morena como la que buscaba – respondió Naldo.
- ¿Y? Puedes entrar con las dos si quieres, tienes la plata, ahora la vaina es que quieras.
- No brother, una es suficiente, ya regresaré otro día por una morena.

Estando caminando solo Naldo se dio cuenta de lo que estaba a punto de hacer, le pagaría a una mujer para que le brinde un servicio sexual, pensó en la degradación en la que caería, se preguntaba si era moralmente correcto, es decir, él no estaba obligando a nadie, era una transacción económica, él solo debía penetrar a la mujer hasta eyacular y la prostituta hacer que ello ocurra, de cualquier manera. Sin embargo, ¿la podría mirar a los ojos?, ¿qué le diría una vez consumado el hecho?, ¿hablarían?, ¿ella lo disfrutaría?, por último, a él no debía importarle. Sus pensamientos lo confundían, “son seres humanos”, se sentía ruin, su actuar era digno de un canalla, aunque estaba aportando a su manutención y a su supervivencia, nada lo diferenciaba de aquellos hombres que caminaban a su lado como si estuvieran en una procesión, en espera quizá de que se abriera una puerta para ingresar con la elegida o aún indecisos dando vuelta tras vuelta al recinto ante la excesiva oferta de carnes. De todas maneras él no necesitaba pagar por sexo, bastaba una llamada telefónica para pactar un encuentro, pero sin amor ni cariño, simplemente sexo, buen sexo, pero finalmente vacío, sin ningún contenido. Naldo pensó que si iba a tener solamente sexo era mejor conseguir una mujer que se ajustase a sus gustos, cada vez más exigentes. Pues bien por fin la vio.

Medía cerca de 1.65 m., era de caderas muy anchas y de un trasero quebrado hacia atrás a la altura de la diminuta cintura, sus pechos redondos parecían estar dando de amamantar a un vástago dadas sus dimensiones envolventes, bajo la tenue luz su cuerpo blanco era la perdición de los racistas y el rojo de sus labios la degeneración del pensamiento al imaginar qué cosas haría con esa boca, con esa lengua reptiliana y tentadora y esos blancos dientes que con seguridad, pensaba, no rasparían. El cabello largo y castaño, los ojos marrones que delataban una profunda tristeza y resignación, las manos desgastadas y las piernas firmes, endurecidas por el evidente gimnasio que confirmaban sus abdominales ligeramente marcados. Estaba apoyada en el umbral de la puerta apoyada en un brazo levantado y el otro en la cintura, exhibiendo la axila perfectamente rasurada y la sensualidad de la pose, extremada y forzosamente coqueta.

- Hola papi, ¿no quieres pasar?, te voy a hacer sentir un rey.

Naldo se le acercó como hipnotizado por aquellas tentadoras palabras, dichas en un tono erótico que hicieron remover sus entrañas al imaginársela completamente desnuda. Su apariencia se asemejaba a la de una vedette que ningún empresario televisivo había descubierto, su voz, visiblemente fingida esperaba una respuesta que inmediatamente llegó.

- Hola, disculpa pero es la primera vez que vengo, ¿me puedes decir en qué consiste tu servicio?
- Claro mi amor, cuesta 30 soles, todo comienza con sexo oral, luego me das por mi vagina, pero duro, y si quieres puedes terminar por atrás, pero solo terminar. Me puedes coger en la posición que quieras, vas a ver que te voy a satisfacer totalmente, me gusta hacerlo encima, abajo tuyo, contra la pared, como quieras, si quieres me trepo en ti o me siento encima, es cosa que tu me digas.

Naldo quedó estupefacto ante la proposición. En su delirio auditivo no había reparado en el tono extranjero de aquella voz que prometía hacerle ver las estrellas.

- ¿Eres peruana?
- No, soy de Ecuador. Pero eso qué importa, pasa mi amor, ya no puedo esperar más para que estés detrás de mí dándome en perrito.

Mientras decía esto cogía la mano derecha de Naldo y la deslizaba por su ventajosa anatomía trasera y pectoral. Él entró en la habitación atormentado y seducido por las frases y por los tocamientos que le había regalado la prostituta, dio un paso adelante en silencio y ella cerró la puerta tras él. Sin decirle nada le cogió el pene y se lo apretó mordiéndose los labios y fingiendo excitación.

- Me tienes que pagar primero y son solo 20 minutos como máximo – le dijo.

Él sacó un billete de 10 y cuatro monedas de 5 soles. Ella los recibió y procedió a quitarse la ropa.

- Siéntate en la cama mi amor y quítate tu ropita, me voy a echar lubricante para que me hagas tuya.

Naldo obedeció como un autómata y no pudo evitar sentir un ligero olor a sexo, quizá de un cliente anterior, quizá de ella, sintió cierto grado de repulsión pero continuó desnudándose imaginándose a los hombres que antes que él habían estado en su mismo lugar. La visión era demasiado tentadora, producía un ardor demoníaco, la voluptuosa mujer lo miraba de reojo y se volteó, mostrándole el trasero, cuando sin aviso se agacho como tocándose las puntas de los pies dejando al descubierto sus dos orificios penetrables. Naldo evitó mirar la escena evidenciando un escondido pudor aunque no pudo evitar una leve erección. La vagina de la mujer estaba depilada y solo exhibía una línea de diminutos vellos, más arriba un tatuaje a colores de una rosa azul y unas iniciales ilegibles. Ella abordó a Naldo, se echo encima de él mirándolo de frente y deslizó su humanidad hasta que su boca estuvo a la altura del pene. Le puso el condón y procedió a chupársela. Naldo sentía sus inmensos pechos a la altura de sus piernas en un divino vaivén de arriba hacia abajo. Después comenzó a penetrarla, ella gemía, nunca supo si por efectos del placer o porque era parte de su trabajo, no importaba, ella estaba cumpliendo su promesa y lo estaba haciendo momentáneamente feliz. En el éxtasis absoluto de los 13 minutos Naldo eyaculó y quedó paralizado observando la nuca de aquella mujer y sus propias manos en las caderas de ella que ya dejaban ver unas marcas producto de los dedos estirados del satisfecho cliente. Todo había terminado.

En otra ocasión las caricias, los abrazos y los besos hubieran sido el epílogo del acto consumado, pero aquí solo hubo silencio y frustración, acompañado de una sensación de culpabilidad por un delito nunca cometido. Ella se hizo a un lado y le quito el condón que ya desprendía el olor del placer masculino. Lo cogió de la mano y lo llevó cual si fuera un niño al baño de la habitación para lavarle el pene. Una vez seco con papel higiénico él le preguntó:

- ¿Cuál es tu nombre?
- Estrella.
- ¿Es el verdadero? Eres una mujer espectacular.
- No mi amor. Pero llámame Estrella. Ponte la ropa ya chico porque debo seguir trabajando. Te dije que te iba a hacer sentir como un rey, lo mío son 24 años de juventud.

Naldo salió de la habitación y ella le dedicó un beso en la mejilla. Él prendió otro cigarrillo y se sumó al ejército de varones que pululaban indecisos por los pasillos y entre aquellas deseables mujeres, entre las que se encontraban migrantes colombianas, ecuatorianas y nacionales, jóvenes y viejas, vulgares y educadas, las apariencias engañaban pero el lenguaje no. Metálico esperaba a Naldo en la puerta, tomaron el taxi y regresaron a su barrio. Ya en sus dominios se tomaron una gaseosa y seguían fumando cigarrillos. Cuando Naldo se aprestaba a pagar los 3 soles de la cuenta extrajo un papel de su bolsillo, era un número telefónico y un nombre escrito con lápiz labial: Estrella. Se quedó en silencio y otra leve erección se apoderó de él. Se despidió de Metálico y se fue a su casa. Bien entrada la noche Naldo observaba el pedazo de papel que Estrella le había puesto hábilmente en el bolsillo del pantalón sin que él se diera cuenta. Lo miró extrañado hasta que se quedó profundamente dormido con la misma ropa. Cuando despertó era domingo de nuevo, el papel había desaparecido, se encontraba en shorts y no tenía los 1400 soles que deberían haberle sobrado de los 1500 que “le cayeron del cielo”. Naldo recuerda esta historia, aunque no puede asegurar si fue cierta o no. En cuanto al dinero menos aún, este llega a sus manos y siempre desaparece como si nunca lo hubiera tenido. Y de Estrella, bueno, él no puede asegurar que exista pero tampoco que haya sido producto de su imaginación de escritor marginal y autodestructivo. Sin embargo continuó siendo domingo, un eterno domingo de insomnio y de falsos papeles desaparecidos.

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