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El frío de la nostalgia

Era junio y su relación había durado tres meses en la clandestinidad. Reina había decidido alejarse de Naldo porque este aún no dejaba a su enamorada. El tiempo y las experiencias vividas retrasaban el inevitable desenlace producto de tres años de desgastados amoríos adolescentes con Elisa, su pareja colegial que ahora se veía engañada por él y por Reina, la culpable de su progresivo abandono. Naldo no veía a Reina desde hacía dos semanas, periodo en que recapacitó y pensó en mantener su relación viva con Elisa a pesar del engaño que le había perpetrado y del cual ella no era consciente. Corría el año 2003 y el día de San Pedro y San Pablo convocó a los jóvenes en los alrededores de una parroquia ubicada en Virú, en el Callao. Un grupo de ellos dramatizaría la obra Jesucristo Superstar, una de cuyas figuras protagónicas era Reina con el papel de María Magdalena.
Al enterarse de la presentación Naldo asistió a verla. Reina embelesaba a los asistentes con sus cuidadosos movimientos histriónicos encima del escenario y él se ponía celoso del Jesucristo a su lado. Ella cantaba mirándolo de reojo y en ocasiones de frente desde la tabla, lo que producía nerviosismo en Naldo por los fastidios de sus amigos testigos de la escena y del evidente coqueteo. Cuando todo terminó él se las arregló para acompañar a Reina a su casa, pero en el camino se detuvieron en un parque que a la postre sería su clásico escondite amatorio. Aquella noche se distinguía por su frialdad, el viento golpeaba sus mejillas y obligaba a las chalinas a envolver sus cuellos. Se sentaron en unos fierros que servían de cerca a un jardín en cuyo interior un arbusto de margaritas decoloradas por la huida del verano anunciaba su posterior sequedad, dando las espaldas a la Virgen que los miraba desde el centro del parque, inmóvil por ser construida de piedra pero con la mirada fija en los amantes separados.
Mientras más la observaba sus ganas de besarla se hacían incontenibles, incontinentas, ella observaba a un insecto en el suelo y la mano de Naldo muy cerca a la suya cogiendo el oxidado metal. El silencio culpable por el pecado cometido durante tres meses de engaño a Elisa mellaba sus adentros, sin embargo su mutua atracción estaba a punto de superar sus principios de nuevo. Ella dio el primer paso.
-          Naldo, tengo frío.
-          ¿Quieres que te abrace?
-          Sí – dijo ella sin mirarlo a los ojos, persiguiendo al insecto que se hacía invisible en la oscuridad del pasto seco.
Mientras la abrazaba del hombro acercó su cuerpo, le cogió la mano y la besó. Reina no soltó su mano, por el contrario la pasó por sobre su delicada cintura, se levantaron y él la cargó desde allí, besándola con fuerza en el aire, mirándola hacia arriba, siempre con los ojos abiertos admirando su peligrosa belleza, sus inolvidables ojos marrones que contenían un mundo desconocido, todavía por descubrir. Ambos habían sucumbido ante lo prohibido, ante la nostalgia de una etapa a escondidas que se había terminado y que renació por culpa de los cantos de una María Magdalena encima de tablas y debajo de Dios, por el inclemente frío productor de veleidades, ella celosa de Elisa y él de Jesucristo, sin pensar en el verdadero Judas.

Con el tiempo Elisa fue descartada de la vida de Naldo y Reina ocuparía sus estaciones, dejándolo en un eterno invierno que siempre devuelve aquel frío, característico de las etapas de nostalgia, inevitables e innecesarias.

Comentarios

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