miércoles, 7 de diciembre de 2011

La pornografía del intelecto (III): La barra de las esencias disolutas

A sus dieciséis era la primera vez que pisaba la avenida Nicolás de Piérola, más conocida como la Colmena, Cadete y Dexter ya lo habían hecho en una ocasión anterior y le habían comentado del sitio que visitarían.
-          Cambia tu cara huevón, se te nota recontra palteado – dijo Cadete.
-          De verdad Naldo, no jodas, pareces un chibolito – agregó Dexter.
-          Ya, ya, pero no me pongan al centro, ahorita se me pasa, solo que me da roche entrar a ese sitio, ustedes normal porque ya han venido, encima me han traído a la fuerza, a mí no me gustan estas huevadas, lo saben – aludió el reñido mientras se acomodaba el chullo que se había puesto para ocultar su juvenil y avergonzado rostro.
La Colmena se extendía ante sus ojos, a un lado la Universidad Nacional Federico Villarreal, al otro mujeres en diminutas prendas que ofertaban sus servicios sexuales en plena vía pública y a vista y paciencia de las autoridades y transeúntes. A la Lima de esos años, la de los ambulantes y rateros en casi todas las esquinas se le agregaban las prostitutas callejeras y los jovenzuelos en búsqueda de un mítico lugar donde las mujeres se desnudaban al ritmo de la música, el popular “a sol la barra”. Según lo que le habían contado, para ingresar a este lugar había que dejar en la entrada la suma de un nuevo sol, lo que otorgaba el derecho a observar el show de por lo menos cinco féminas.
-          Puta madre que roche, brothers mejor no hay que entrar, vámonos – dijo Naldo justamente cuando estaban a cinco pasos de la puerta.
-          Déjate de huevadas y pásame tu luca, tú también Dexter – vociferó Cadete.
Una vez pagadas sus entradas pasaron, Naldo con la cabeza gacha y con el chullo prácticamente tapándole la mitad de los ojos.
-          Vamos a agarrar un buen sitio – se apresuró a decir Dexter quien era el más entusiasta.
El lugar estaba abarrotado de varones adultos y de mujeres en prendas íntimas que se paseaban entre ellos, como provocándolos, sabedoras del irracional gusto de los hombres por las mujeres voluptuosas y las miradas coquetonas, pero a Naldo todo esto le era indiferente, a él solo le llamó la atención una cosa, el terrible olor que desprendía todo el ambiente, era insoportable, una mezcla de humores anales, sudoración producto del éxtasis ajeno y eyaculación, mucha eyaculación. No le quedó más remedio que taparse la nariz, asolapadamente para no herir las susceptibilidades de los visitantes asiduos, por lo menos hasta que el cerebro se acostumbrase al hedor sexual que otros parecían no percibir. Observó todo el lugar y vio una pequeña habitación contigua, dentro de ella varios muebles pequeños y una mesa cerca de cada uno, un foco rojo alumbraba ese misterioso ambiente, un foco rojo que tintineaba anunciando su cercano final y una oscuridad venidera. Un estruendoso anuncio interrumpió sus observaciones, el show iba a comenzar, una mujer que se hacía llamar Victoria sería la primera bailarina de la noche. Cadete y Dexter silbaban ante su inminente presencia en el escenario en cuyo centro una barra metálica unía el suelo de este con el techo, a unos cuatro metros de altura. El silbido era ahora de todos los asistentes. Mientras Naldo miraba el comportamiento instintivo de la libido masculina ante la hembra desnuda, ante su desperfecta humanidad desprotegida de las ropas, ella comenzó a bailar y capturó todas las miradas, las luces sicodélicas le alumbraban el cuerpo, aquel que servía para el deleite de una innumerable cantidad de hombres y cuya ligera obesidad y senos caídos hizo a Naldo retroceder hacia el bar.
-          Dame un cigarro.
Lo prendió y se quedó detrás de la pequeña multitud casi sin poder ver nada, pero no le importaba, todo lo que quería era que termine esa noche y que ese olor ya no lo atormente más. Pero dada su juventud no soportó la tentación de mirar hacia donde se encontraban las mujeres en espera de algún llamado masculino, de cualquier asistente que pague por un “privado” con ellas, es decir, ingresar a aquella habitación contigua, la del foco rojo, y disfrutar de un baile personalizado durante unos minutos. Por su cabeza pasó una sicalíptica idea, pero la descartó, no debía caer en ello, no estaría bien. Cuando terminó el primer show, anunciaron el segundo, luego el tercero, y el cuarto. Naldo ya estaba desesperado, así que se acercó a sus amigos y les dijo para que se retiren, ellos le respondieron que solo faltaba una mujer más, luego se irían.
-          No seas cabro Naldo de mierda, espera un toque – Dijo Dexter, quien secaba las lunas de sus anteojos en un evidente estado de excitación.
Naldo volvió a ubicarse detrás de todos, así que el camino fue el mismo, hombres lujuriosos moviendo sus cuellos para ver los movimientos de la bailarina desnuda, como queriendo ver en su interior, mujeres que le tocaban el miembro viril animándolo a un “privado”, a las cuales él observaba con cierto nerviosismo quitándose las manos forasteras de encima. Esquivando estos embarazosos toqueteos alzó la mirada y tuvo una visión perturbadora, ante él una mujer impresionante se soltaba el cabello, era casi de su estatura y aparentaba tener dieciocho años, era la siguiente bailarina, la que cerraría el carnívoro espectáculo. La estruendosa voz volvió a sonar, esta vez para anunciar a la joven Estrella venida recientemente de Ecuador, quizá víctima de las mafias dedicadas a la trata de personas o de algún hombre que abusó de su confianza y que lucraba, aberrantemente, con su juventud y genitales. Naldo se acercó al escenario y pasó a formar parte del ejército de perdedores y curiosos que se amontonaban para ver su show, al parecer, el más esperado de la noche. Las luces se apagaron y al prenderse ella se encontraba encima del escenario, se cogió de la barra y empezó a bailar, lo único que tapaba su cuerpo de diosa era su ropa interior y una falda diminuta, su cabello despeinado y casi dorado le daba una apariencia salvaje, al cubrirle casi totalmente el rostro, era una especie de amazona que había escapado de los relatos de los viajeros antiguos, su olor había mitigado el hedor del que Naldo ya se había olvidado ante tanto exotismo acumulado. Era la dueña de la barra, subía y bajaba sin el menor esfuerzo aparente, en tiempos en que el pool dance era asociado solo a estos sitios inaccesibles para la gente del buen vivir, en tiempos en que ella, en otras circunstancias, debía estar yendo a una escuela secundaria o preparatoria.
La barra le otorgaba a la escena el toque maniaco, aquel tubo que posee propiedades que aún no logramos comprender, pero que los varones disfrutamos al ver colgadas de allí unas piernas, una mujer de cabeza, trenzada por los tobillos, en esa superficie lisa, en ese objeto fálico que alucinamos nuestro, en ese objeto hueco, largo y vacío que imaginamos de ella, su dualidad es nuestra perdición, su rozamiento y el sonido de la piel que se quema al deslizarle sobre él, la expresión de nuestros pensamientos más impuros, el sonido que quisiéramos suene producto de nuestra voluntad, que busca mantener a la mujer en el suelo y elevarla hasta el cielo mientras se esfuerza por llegar más alto y dar vueltas, ayudándose del techo, y bajando de nuevo para dejarnos estar a su altura, que es cuando más las disfrutamos. Estrella se movía de forma natural al ritmo de una balada anglosajona, mostrando impúdicamente sus bondadosos atributos, acercándose de forma atrevida a los idiotizados espectadores, arrastrándose y abriéndose de piernas en el centro del escenario, posicionándose como un bebé el gatear y pegando su pecho al suelo atrayendo las miradas de los que se encontraban detrás de ella, quienes abrían los ojos como poseídos y alargaban sus cuellos como garzas sin alas, incapaces de volar y alcanzar a tan bella ave, digna de las alturas y no de pisar esa contaminada tierra.
Su baile terminó y con ella el show. El personal de seguridad exigió a todos que pagasen un nuevo sol más para quedarse si es que no consumían cerveza o se llevaban a una chica al “privado”. Algunos se fueron, pero muchos se acercaron a Estrella, y unos pocos hacia las demás chicas, pero ella en lugar de amilanarse les dijo que atendería a todos, que solo la esperasen, que se iba a cambiar. Naldo compró dos cervezas y se las invitó a sus amigos, evaluando en hacer la cola que se había formado para tener a Estrella sentada encima, bailándole a cualquiera por veinte soles durante unos diez minutos, o quizá menos, de decidirse sería un tiempo en que ella sería solo para él, y él solo para ella. Cadete compró dos cervezas más y Dexter lo mismo después, mientras la cola se iba terminando y el licor ya hacía efecto en sus formas de hablar. Cuando no hubo nadie en la cola Naldo se levantó sin decir nada y se dirigió al sitio donde se encontraba Estrella, ella tenía un brazo levantado para olerse la axila, para ser testigo de su propia transpiración después de su sacrificada jornada. Él se le acercó y ella le extendió la mano.
-          Son veinte soles.
-          Sí, aquí los tengo.
-          Acomódate en el mueble.
La joven Estrella empezó su ritual, avanzando y retrocediendo, rozando a Naldo en reiteradas ocasiones, quien no pudo evitar la erección inducida por la mujer que tenía encima y que se movía cada vez más rápido, como endemoniada, como enloquecida por alguna extraña fuerza. Él tuvo la sensación de que le quería hacer daño con sus violentos movimientos, pero le gustaba, y no quería que su tiempo se acabe, ambicionaba la eternidad de esos minutos por los que había pagado y en los que por primera vez una mujer de tanta belleza se le acercaba, aunque sea por dinero. Sin embargo todo terminó al cabo de unos minutos, ella se detuvo y se volvió a sentar a su lado, él se levantó agitado y nervioso, asustado por lo que había hecho, apenado por ella que debía atender a otro cliente que había estado observando desde afuera, al lado de sus propios amigos, quienes también miraban escondidos mientras Estrella bailaba y se sobaba fuertemente contra él, completamente desnuda y emanando el ingrediente sudoríparo que componía esa amalgama de olores tan desagradable al combinarse con los demás. Era el fin. Naldo se despidió y le dijo que era hermosa sin mirarla, ella levantó la cabeza y le respondió que todo el mundo le decía eso, en especial su padre, el culpable de que ella haya huido de su ecuatoriano hogar, el culpable de su precoz y terrible iniciación sexual, su belleza, al parecer, había sido su ruina.
-          ¿Te volveré a ver? – preguntó.
-          Cuando tengas veinte soles, siempre me encontrarás en este sitio.
Mientras él se retiraba con muchos sentimientos encontrados otro sujeto se acercaba a Estrella con un billete en la mano, este lo ignoró y apresurado se sentó en el sitio que Naldo había ocupado un minuto antes, el rostro de aquel emanaba una grotesca lascivia por ella, la cual, finalmente, le empezó a bailar mirando hacia la pared evitando la visión del desagradable personaje. Naldo nunca volvió y el olvido o quizá la culpa actuaron sobre su frágil memoria. Al cabo de diez años la volvió a encontrar en su mismo ambiente natural pero en otra dirección, sin embargo no la reconoció y ella tampoco a él, pero esa es una historia de la que seguramente muchos ya deben estar al tanto y de la cual muy pocos hablan por vergüenza ajena, porque hay cosas que no se deben decir, porque hay detalles que se deben callar.
EPITAFIO:
Finalmente la muerte empañó sus destinos y una inocente belleza llamada Lucía alumbró la vida del personaje más malo, aquel que se disimula en la parte I pero que se hace más que evidente en la II. Sin saberlo aquella Estrella siempre lo tuvo bajo su influjo, solo era cuestión de tiempo para que él mismo la apagase, y este, es solo su comienzo, y el irremediable fin para ella, aunque siga brillando eternamente en la inmensidad del cielo y que se haya perdido en los recuerdos de quienes la conocieron y que hoy la niegan.


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