domingo, 1 de mayo de 2016

The Walking Dead Cholo

Cuando abrió los ojos todo había terminado. Había estado muerto durante la noche y sus piernas, automáticas, sólo conocían una dirección. En su mente no existían los recuerdos del ayer y no entendía la razón de su paradero. Desorientado, sucio, y con unas ganas terribles de consumir cualquier elemento líquido, así fuera sangre, se tambaleaba por entre la pista y la vereda, en un zigzagueo desesperado por encontrar una explicación. Las personas lo miraban extrañados y evitaban cruzarse en su camino. Su apariencia era atroz, el rostro desencajado, las manos sucias y un botón arrancado de la camisa. Sin saber cómo dio a parar en aquella calle notó que la conocía, había pasado cientos de veces por allí y concluyó que alguna fuerza extraña lo guió y lo puso a buen recaudo. Revisó sus bolsillos. Su mundo había cambiado desde aquel instante silencioso, se dio cuenta que a pesar de su estado moribundo, sin celular ni billetera, era un sobreviviente.

A pesar de que en su cabeza sólo existían dolor y confusión, al primer sorbo de Coca Cola pequeños retratos se dibujaron en su dañada memoria. Todo fue demasiado rápido, la música, el reencuentro con viejos amigos, la decisión de ir a libar a cualquier disco de la avenida La Marina. Una boleta en su bolsillo le dio la primera pista: Big Bar. Poco a poco recordó el taxi, la entrada a la disco, el licor pagado con la gastada tarjeta de crédito Visa. Una mujer lo había mirado con lascivia invitándolo a bailar. Él se acercó. Su amigo de borrachera, cogiéndolo del hombro le dijo: "Huevón, ten cuidado, es el Big Bar, está lleno de peperas". A Naldo no le importó y a ritmo de Víctor Manuel empezó con su torpe y etílica danza: "Por ella por ella, por ella por ella, por ella por ella... Por ella por ella, por ella por ella, por ellaaaaaa". Stop. Una hora más tarde, Isaac, su amigo y consejero, se movía, ebrio y con las manos en alto, al ritmo de Ricky Martín: "Go go go, alé alé alé, go go go, alé alé alé, arriba va, el mundo está de pie, go go go, alé alé alé". Eran pues, dos hombres en juerga, con dos desconocidas que ya estaban en su mesa y bebiendo de sus cervezas servidas en jarras de veinte soles.

Sin noción de su tiempo y dirección, Isaac y Naldo salieron del Big Bar. Los vigilantes los vieron: "Van allí dos zombies, sin saber a dónde, ni cuándo, ni cómo, ni por qué". Detrás de ellos salieron sus eventuales acompañantes, le entregaron algo de plata a los vigilantes y se fueron sin remordimientos. Momentos antes una pastilla había caído adrede en los vasos de Naldo e Isaac. Una inodora y peligrosa dosis para olvidar y caer en la inconsciencia. Los amigos se separaron sin darse cuenta, sin norte fijo, drogados sin querer, y bolsiqueados en sus propias y borrachas narices feromínicas. Naldo nunca supo cómo apareció en aquella conocida calle, tan cerca de su casa. Fue un zombie durante una madrugada, y milagrosamente, un vivo al amanecer. Una semana después Isaac le contó que tampoco recordaba nada: "Son cosas que pasan en el barrio fino, ya fue". Un año después de estos acontecimientos, Naldo volvió sobre sus huellas. Sentado en el Big Bar con un amigo medio loco reconoció a las culpables de esta historia: "Manya brother, esas son las flacas, las peperas". Pero esa es otra historia, y algún día será contada.

En la vida real el Big Bar cerró sus puertas, y sus peperas, se dice, migraron en manada a las discotecas allende la pista, la cual, los fines de semana, se puebla de cadáveres que caminan, sin un norte fijo, sin saber dónde, ni cómo, ni cuándo, ni por qué. Paz para estas pobres almas en pena que hasta hoy siguen pululando por ayuda y que con el cambio de las modas, caen rendidas con el fondo musical del "Baile del totó", canción fúnebre que retumba en sus cabezas, cuando al revisar sus bolsillos, se dan cuenta del ultraje de sus pertenencias y de su falsa hombría de borrachos seductores.


Una década después Naldo ya no acude a estos templos del exceso, e Isaac, según palabras del más allá, deambula por salsódromos de La Victoria. "Son cosas, pues, que pasan en el barrio fino", cree, será su epitafio al final de sus verdaderos días. "La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay Dios". Buenas noches.


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