sábado, 12 de agosto de 2017

Lobos solitarios (Fernando Ampuero)

¿“Cuento largo”, “plaqueta”, “novelita”? No lo creo. Ya quisiéramos poder narrar de forma tan elegante y en setenta y un páginas el deterioro violento, no de una, sino de dos existencias ultimadas por la desesperación al no poder terminar de escribir sus libros, la historia final de dos hombres hermafroditas, angustiados por procrear un engendro literario. Xavier se llamó uno, Edmundo el otro. Y es que la última entrega de Fernando Ampuero no se reduce a sus dos grandes (y cortos) capitulitos, sino a la descripción suficiente, feroz y despiadada de estos escritores frustrados que se refugiaron como redactores en Caretas y que nunca alcanzaron el paroxismo de ver sus obras maestras culminadas y expuestas en un frío aparador.

Putero y alcohólico el primero; casado y con pasado el segundo. Las calles de Caylloma de los feos años ochenta cobijaron a este Xavier, hombre solitario y bebedor, amante de las putas de la noche y del llegar de amanecida, cuando los apagones y la escasez obligaban a las neurosis por la cera, o a las colas por el pan. Convivió en la redacción de la añeja revista con Edmundo, un prospecto del ayer en el que un libro publicó, y en el que fue calificado por Rulfo como un auténtico revolucionario de la literatura, sin imaginar que se extraviaría en el ascetismo marital que acecha detrás de las puertas de todas las promesas inconclusas. La fatalidad como colofón de estas dos almas en pena que habitaron cuerpos sin destino ni recuerdo, olvidados por la trascendencia de la indigna memoria de la humanidad que los ignora.

No es pues un “cuento largo”, una “plaqueta”, ni una “novelita”. Usando la misma palabra del autor para referirse a la obra de uno de sus colegas, es un "novelón", y a la vez una breve historia universal de la locura. Foucault hubiera perdido la razón momentánea al reconocer en estos dos a una nueva fuente de estudio, no a esos indecorosos leprosos de la lejanía medieval que fueron su pasión durante décadas, sino anacoretas que fenecen durante todas las épocas pasando vilmente desapercibidos. La raza de hombres inmortales que murieron, la estirpe orgullosa que vive en el fango, la especie armada de sueños que pulula en pesadillas, la manada de lobos solitarios que sabemos están allí y por ende no debemos acercarnos: los escritores que sin serlo, lo fueron, y por ello no aparecerán en ninguna antología.

* Foto de El Comercio.



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